sábado, 27 de septiembre de 2008

PENSAMIENTO DE EMILE CIORAN

TORMENTOS





La soledad es insoportable, a solas conmigo mismo, a solas con mis pensamientos.
No sé como distraerlos, como atontarlos para que no me atormenten. Surge entonces la rabia ante la impotencia, y la agresividad es un pequeño paso que doy en ese estado.
Sentirse solo y estar solo no es lo mismo, pero en mi caso, sí, me siento solo aún cuando no estoy solo, pero lo siento mucho más cuando esa soledad es también física.
¿Soy demasiado consciente de la realidad, y los demás viven en un sueño de idiotas del que no quieren despertar (cosa que no les reprocho), o soy yo el estúpido que cree ver demasiado, sin ver nada?.
Sea cual sea la respuesta, puedo decir que nunca he pedido estar aquí y aún estando aquí, sólo pienso en cómo salir, sin hacer ruido, sin que se note mi ausencia, como si nunca hubiera estado. Y de esa manera, sentir la ilusión de no haber existido nunca.




En plena tempestad...

El día después siempre es tranquilo, ya se sabe, la resaca y el cansancio hacen que esté tirado como un muerto en el sillón mirando la tele aunque me importe una mierda lo que estén echando en ella. Sin embargo, hoy me he levantado de muy mala leche, y con impulsos homicidas y suicidas. Ha aflorado mi odio a este mundo y a esta vida y a mi mismo por estar en ella. Pongo Presuntos Implicados en la cadena de música, me gusta su voz y me gustan sus canciones, me relajan y quizás consiga ponerme en paz conmigo mismo y el mundo. Tengo ganas de llorar pero no lo consigo, la rabia me lo impiden, desearía golpearlo todo y tirarlo por la ventana y luego yo detrás, pero vivo en un primero, ¡no vale la pena!. Odio y rabia, tristeza y derrota, cansancio y resaca, todo esto a la vez es lo que siento, y la verdad, levantarse así es asqueroso, o mejor dicho, levantarse a un nuevo día es asqueroso.




Nos echan a este mundo, y nadie nos ha preguntado si queríamos nacer, nadie nos previene de lo que nos espera, ingenuo pensamiento el que dice que la vida es un don, algo que deberíamos agradecer cada día que nos despertamos y cada día que pasamos y seguimos aquí...
Yo pienso (y empiezo a pensar que pienso demasiado) que también puede ser una carga, una pesada carga, que día a día algunos de nosotros llevamos encima sin poder quitárnosla, pero deseando hacerlo. No estoy loco, nadie debe juzgar que mi lucidez significa locura, ¿o quizás sí?, y por eso los cuerdos están en el manicomio.
Lo he intentado, claro que lo he intentado, pero la ¿gracia? del asunto es que he fracasado... Así que aquí sigo, sin saber muy bien qué hacer.
Una de las cosas que tengo más claras, es que la sociedad tal como es ahora, no me gusta, vivo en ella porque no me queda otro remedio, y porque al mismo tiempo que la aborrezco, la necesito para subsistir. Pero no me gusta, quizás en lugar de ¿avanzar? tanto en el campo de la tecnología, de la ciencia, del consumismo,... Deberíamos pararnos en seco y mirar atrás, mirar lo que vamos dejando a nuestra espalda, recapacitar y meditar en si realmente estamos siguiendo el camino correcto, o por el contrario, estamos destruyéndolo todo a nuestro paso como Atilas de pacotilla.
Mi pesimismo, como le llaman los demás, o lucidez, como le llamo yo, es una pesada carga que tampoco pedí llevar. Es difícil vivir así, y casi merezco una medalla por, a pesar de todo esto, seguir levantándome cada día, ir al trabajo y colaborar en algo que no deseo que siga así, sino aniquilarlo.
La aniquilación es renovación, porque al final de ella, la vida (esa eterna inmortal) vuelve a resurgir... Si tuviese el poder, destruiría al hombre, limpiaría de la tierra su huella y la dejaría libre para que la naturaleza recupere lo que siempre ha sido suyo. Y quizá, en un futuro lejano, la evolución haría que un nuevo ser inteligente poblara este planeta. Porque no considero que el hombre sea un ser superior, ni inteligente, creo que es un ser peligroso por su gran (casi ilimitada) capacidad de contaminación. Y su carente capacidad de creación, allí donde toca, la caga. Dejando un montón de mierda a su paso.

¿POR QUÉ ESTOY AQUÍ?
¿POR QUÉ NADIE ME AVISÓ?
¿POR QUÉ, PADRES, ME OBLIGASTEIS A NACER?
¿POR QUÉ A CADA PASO QUE DOY TENGO LA SENSACIÓN DE NO AVANZAR?
¿POR QUÉ PIENSO DEMASIADO?
¿POR QUÉ NO PUEDO ESTAR IDIOTIZADO COMO LA GRAN MAYORIA?
¿POR QUÉ?... ¿POR QUÉ?... ¿POR QUÉ?...




Me pregunto muchas veces porqué soy así, porque tengo que ser tan consciente de que la vida es una mierda, que tal como la vivimos, tal como la sociedad nos impone una rutina, unas obligaciones, unas normas, unas prohibiciones,... es difícil vivir, es un sinsentido, esto no es vida, y a veces pienso que para vivir así, mejor no vivir.
Hay quién se pone metas, objetivos, cree en algo: en un dios, en el amor,... pero es difícil creer en algo, sino crees siquiera en ti mismo y en que tiene algún sentido el que cada día te levantes, vayas al trabajo, te conviertas en una especie de máquina durante unas ocho horas y luego vuelta a casa,.... ... ... ... y así día tras día. Nadie está contento y sin embargo no hacemos nada por cambiar las cosas porque no sabemos qué es lo que podemos hacer, no sabemos cual es la solución porque no la hay, la única solución, y aunque parezca absurda, es vivir en una dulce ignorancia, ser un iluso, un estúpido que no piensa ni ve más allá que lo que alcance su mirada. No aspirar a nada más que las migajas del pastel que caigan en tus manos, y ya está, ser un conformista, sin apenas voluntad ni decisión, una especie de marioneta que ni de moverse se preocupa porque ya hay otros que se encargan de ello.
No vale la pena, ¿para qué?... en fin, vivo aburrido y escéptico. ¿La amistad? ¿el amor? ¿la familia?, conceptos que poco me dicen ya, y quizás no sea por desengaños sino porque no creo en sentimientos que son imposibles en una sociedad como esta, o en una vida como esta. El hombre está condenado a no vivir en paz nunca, allá donde vaya, se sentirá obligado a cambiarlo todo y a adaptarlo a su gusto, con la excusa de que es lo mejor. Así va destruyéndolo todo y creando mierda a su alrededor, porque si algo hay perdurable que pueda crear el hombre es mierda: suciedad y basura allá por donde pasa.

No existe un dios, no existe un diablo, estamos solos ante nuestro destino y de él deberíamos ser dueños, pero no es así, nos imponemos normas, absurdas en su mayoría para dominar la vida y las acciones de los demás. No existe un dios, no existe un diablo, porque si así fuese, ya se hubiesen encargado de destruir la humanidad, en vista de lo imperfecto de su naturaleza. El hombre es un gran fallo en la naturaleza, una imperfección, un virus que mata poco a poco.
Quizás existan, y quizás no lo destruyen ¿porqué quién creería entonces en ellos?, ¿cual seria la razón de su 'existencia', ya que el hombre es el único ser 'racional' sobre este planeta que puede crear y creer en cosas irreales como entes superiores, ¿quién entonces iba a creer en ellos?, ¿quién iba a adorarlos y a alimentar su vanidad?.

No creo que le haya pedido demasiado a la vida, en realidad bien poco, esperaba algo más y ese algo más no ha llegado y no llegará (me temo). Sinceramente me gustaría estar a gusto con lo que tengo, y es eso precisamente lo que quiero pero no lo consigo, siempre quiero algo diferente a lo que tengo y cuando obtengo ese algo distinto (cuando lo logro) parece que ya no es tan bueno como pensaba o parecía, y es cuando miro hacia otro lado (para tratar de olvidar de eso que tengo y que no es lo que yo quería) y descubro que no, que estaba equivocado, que precisamente esta ahí, mi meta, mi objetivo, mis anhelos están ahí, y comienza la lucha otra vez para tratar de obtener ese otro 'caramelo' que he visto, y que llena otra vez mi vida con una ilusión, una nueva meta a conseguir. Pero la magia siempre desaparece cuando lo consigo, en los casos que no lo consigo, esa es la razón de mi malestar, de mi 'desgracia', el no conseguirlo, porque así justifico mi insatisfacción, mi desgana de vivir, mi completa indiferencia ante los acontecimientos. Saber esto y no saber que hacer para solucionarlo es desesperante. Cuando hace años tuve la lucidez de intentar suicidarme, ese creo que fue el momento más pleno y consciente de toda mi vida, el más real y más consecuente. Nada hay en esta vida que pueda llenar este enorme e insaciable agujero negro que anida en mi interior, todo se lo traga y desaparece como si nunca hubiese existido. El Vacío es mi sino y mi sentido de vivir, porque cuando eres joven te engañan con falsas promesas e ilusiones sobre la vida, y nada de ello es cierto. La vida no es gran cosa, además de no darte nada, es simplemente una estancia en una gran mansión, la cual no es más que la estancia contigua ni menos que la otra ni la de más allá,... todas son igual de insignificantes y carentes de sentido, porque no existe ese sentido que nos empeñamos en imprimir a todos nuestros actos y a todas nuestras decisiones. Nada de lo que hagamos va a cambiar nada realmente, nada,... porque nada somos y en nada nos convertiremos, por los siglos de los siglos hasta el final de esta mierda de mundo.




La gente me produce asco, tengo asco hasta de mi mismo. Deseo una destrucción completa de todo lo humano, incluidos ellos e incluido yo, ya que no soy especial ni mejor que ellos. Soy una mierda más puesta en este mundo sin mi aprobación.
27 años son más que suficientes para poder soportar todo este absurdo que me rodea y que me invade, es suficiente para ver que todo lo que hacemos no servirá de nada, que ningún sentido tiene seguir sufriendo y siguiendo una rutina estúpida que no nos conduce a nada. Mierda de vida, mierda de sociedad, mierda de gente, mierda de sistema,... MIERDA, mi palabra favorita, sólo ella es capaz de describir sin esfuerzo mis pensamientos.
Madrugo por las mañanas y pienso con ironía: "¡Bien, otro día más sobre este planeta!. Levantémonos, vamos a producir la ración de basura de hoy.". Me levanto, no sin un gran esfuerzo de voluntad (la cual hay que reconocer es considerable, me pregunto de dónde sale), toso (el tabaco dicen que mata, poco a poco). Salgo de casa, con ojos dormidos, mi mente todavía atontada, los cascos de mi discman en mis oídos (la música es lo único que soporto a esas horas, y casi es lo único que soportaría a cualquier hora). Me dirijo con paso raudo a la estación de tren, que me llevará a mi y al resto de las abejas obreras a esos campos de concentración mal llamados empresas. Cuando llego, mi cara (ya con un rictus de amarga tristeza) empeora hacia un enfado que no puedo dirigir contra nadie, porque nadie es culpable y al mismo tiempo, lo somos todos y hacia todos lo dirijo. No hablo, apenas saludo (¿Buenos días?, no para mi, desde luego), me siento en mi cubiculo, en mi celda. Aun encima, es verano, hace calor, y el aire acondicionado crea una malsana atmósfera artificial que perjudica más mis pulmones, ya jodidos por el tabaco.
Al cabo de un rato, llega el jefe, ese temible bastardo, que se cree algo, que se cree que nos posee, cuando realmente no tiene nada, realmente no es nada, nada más que otra mierda con patas que camina con una falsa seguridad en si mismo. Me río de su seguridad, me río de su ficticio poder, porque cuando la muerte llega (y afortunadamente siempre llega) nada de lo que tiene o cree tener, le va a impedir pudrirse bajo tierra entre los gusanos.
Tomo un café, el estimulante que necesito para mantenerme despierto y no caer en el sopor del aburrimiento, y en un sueño que trata de apoderarse de mi ser. Un sueño que realmente seria bienvenido, y mejor aprovechado que estas horas muertas de mi vida que paso aquí encerrado entre estas cuatro paredes mugrientas.
¿Por qué no dejarlo?, ¿por qué no escapar?... sí, suena bien... ser libre, romper las cadenas... pero es irreal. Si sigo vivo (cosa que continuamente me planteo) y tal como están las cosas, necesito dinero para comer, pagar una vivienda, ... Y no me pienso convertir en un vagabundo, porque ya es bastante dura y asquerosa la vida como para aún encima tener que depender de la caridad humana. No, para ser libre realmente, sólo hay una solución: la muerte. Aunque no haya nada después de ella, cosa que no sé, es la única salida para ser libre, realmente libre. Se terminan entonces las ataduras, trabajar, pagar, llorar, sufrir, reír, soñar, enfermar, el miedo, el amor, el odio, ... Sólo necesito el método adecuado y podré hacerlo, porque hasta ahora, he fallado.

Pensándolo bien, no me hubiese importado nacer si en lugar de ser humano, con su supuesta inteligencia, hubiese nacido animal. Cualquiera, me es indiferente: desde una mosca hasta un elefante... Pero al fin y al cabo, animal, ser que sólo existe y vive, no se preocupa de mañana, no se preocupa de lo que hizo ayer. Para él solo existe el ahora, un ahora que cambia según sus necesidades: comer, procrear, descansar, ... Así debiera ser nuestra vida: vivir el ahora, sin preocuparnos de nada más, sin tantas normas, sin tantas complicaciones, sin tantas fronteras, ... Ser, existir, vivir, nada más... No deberíamos pensar tanto, los que lo hacemos y los que no, felices ellos porque de ellos es el reino de la felicidad y la ignorancia (eternas compañeras).

Soy egoísta, dicen, y lo reconozco. Sólo pienso en mi, no hago más que quejarme, sin pensar en que los demás también sufren... Pues si también sufren y quieren acabar con esa agonía, ¿qué coño estamos haciendo?, ¿por qué no nos ponemos de acuerdo y lo cambiamos todo? o mejor, ¿por qué no nos ponemos de acuerdo y nos autoexterminamos todos?.

¿Por qué me siento tan asfixiado? ¿por qué tan aislado? ¿por qué tan agobiado?... ¿Quién me ha enseñado a ser así?, ¿por qué he elegido este camino de penuria y sufrimiento?... ¿Alguien me podría ayudar?, sólo me gustaría ser idiota para no preocuparme tanto, o ser tan inteligente que desde mi superioridad no me afecte tampoco la mediocridad y la rutina. ¿Alguien tiene la sabiduría? ¿alguien la llave de la tranquilidad?... No quiero morir, pero tampoco vivir así, y no existe punto intermedio, o mejor dicho, sí que existe y en él estoy: malviviendo, una especie de zombi, un muerto en vida que no se decide por ninguno de los dos caminos porque no es capaz de llegar a ninguno de ellos. Soy así desde muy joven, casi podría decir que desde que tengo uso de razón. Es demasiado tiempo para sufrir. Siempre pensaba que cuando creciese, la madurez y la experiencia me ayudarían y vería la luz al final del túnel, incluso (era demasiado romántico todavía) que el amor podría sacarme de la oscuridad, pero el tiempo pasó, los amores también,... y nada me ha ayudado, nada ni nadie, porque he llegado a la conclusión de que si hay salida (cosa que ya dudo) debería estar dentro de mi y que si no la he encontrado es porque esa salida no existe.




Silogismos de Amargura







El pesimista debe inventarse cada día nuevas razones de existir: es una víctima del «sentido» de la vida.

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En este «gran dormitorio», como llama un texto taoísta al universo, la pesadilla es la única forma de lucidez.




Para vengarnos de quienes son más felices que nosotros, les inoculamos -a falta de otra cosa- nuestras angustias. Porque nuestros dolores, desgraciadamente, no son contagiosos.

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Fuera de la dilatación del yo, fruto de la parálisis general, no existe ningún remedio contra las crisis del abatimiento, contra la asfixia de la nada, contra el horror de no ser más que un alma dentro de un salivazo.

Aunque pudiera luchar contra un ataque de depresión, ¿en nombre de qué vitalidad me ensañaría con una obsesión que me pertenece, que me precede?. Encontrándome bien, escojo el camino que me place; una vez «tocado», ya no soy yo quién decide: es mi mal. Para los obsesos no existe opción alguna: su obsesión ha elegido ya por ellos. Uno se escoge cuando dispone de virtualidades indiferentes; pero la nitidez de un mal es superior a la diversidad de caminos a elegir. Preguntarse si se es libre o no: bagatela a los ojos de un espíritu a quien arrastran las calorías de sus delirios. Para él, ensalzar la libertad es dar pruebas de una salud indecente.
¿La libertad? Sofisma de la gente sana.

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En la Antigüedad, el filósofo que no escribía, pero pensaba, no se exponía al desprecio; desde que nos postramos ante la eficacia, la obra se ha convertido en el absoluto del vulgo; a quienes no producen se les considera «fracasados». Sin embargo, esos «fracasados» habrían sido los sabios de otros tiempos; ellos rehabilitarán nuestra época por no haber dejado trazas en ella.

En un mundo sin melancolía los ruiseñores se pondrían a eructar.

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¿Alguien emplea continuamente la palabra «vida»? Sabed que es un enfermo.

¿Nuestros ascos? Desvíos del asco que nos tenemos a nosotros mismos.

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Si alguna vez has estado triste sin motivo, es que lo has estado toda tu vida sin saberlo.

Nosotros nos parapetamos detrás de nuestro rostro: al loco le traiciona el suyo. El se ofrece, se denuncia a los demás. Habiendo perdido su máscara, muestra su angustia, se la impone al primero que llega, exhibe sus enigmas. Tanta indiscreción irrita. Es normal que se les espose y se les aísle.

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Apenas se medita ya de pie, y menos aún andando. Fue nuestros empeño en conservar la posición vertical lo que originó la Acción; por ello, para protestar contra sus perjuicios, deberíamos imitar la postura de los cadáveres.

Don Quijote representa la juventud de una civilización: él se inventaba acontecimientos; nosotros no sabemos como escapar a los que nos acosan.

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Dichosos esos frailes que, al final de la Edad Media, corrían de ciudad en ciudad anunciando el fin del mundo. Poco les importaba que sus profecías tardaran en cumplirse. Podían desmandarse, dar rienda suelta a sus terrores, descargarlos sobre las muchedumbres; terapéutica ilusoria en una época como la nuestra, en la que el pánico, introducido en las costumbres, ha perdido sus virtudes.

Para dominar a los hombres hay que practicar sus vicios y añadir a ellos alguno más. Véase el caso de los papas: mientras fornicaban, practicaban el incesto y asesinaban, dominaban el mundo y la Iglesia era omnipotente. Desde que respetan sus preceptos, su poder se degrada: la abstinencia, lo mismo que la moderación, les ha resultado nefasta; convertidos en personas respetables, nadie les teme ya. Edificante crepúsculo de una institución.

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El prejuicio del honor es propio de las civilizaciones rudimentarias. Cesa con la aparición de la lucidez, con el reinado de los cobardes, de aquellos que, habiéndolo «comprendido» todo, no tienen ya nada que defender.

Hemos saboreado todos el mal de Occidente. Sabemos demasiado del arte, del amor, de la religión, de la guerra, para creer aún en algo; hemos perdido además tantos siglos en ello... La época de la perfección en la plenitud está terminada. ¿La materia de los poemas? Extenuada. ¿Amar? Hasta la chusma repudia el «sentimiento». ¿La piedad? Visitad las catedrales: ya no se arrodillan en ellas más que los ineptos. ¿Quién desea aún combatir? El héroe está superado; únicamente la carnicería impersonal sigue de moda. Somos fantoches clarividentes, ya sólo capaces de hacer muecas ante lo irremediable.
¿Occidente? Una posibilidad sin futuro.

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Quién por distracción o incompetencia detenga, aunque sólo sea un momento, la marcha de la humanidad, será su salvador.

Nadie puede conservar su soledad si no sabe hacerse odioso.

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Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera: sin la idea del suicidio, hace tiempo que me hubiera matado.

En cuanto un animal se trastorna, comienza a parecerse al hombre. Observad un perro furioso o abúlico: parece como si esperara a su novelista o a su poeta.

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Constituye una gran injuria contra el hombre pensar que para destruirse necesita una ayuda, un destino... ¿No ha gastado ya lo mejor de su talento en liquidar su propia leyenda? En ese rechazo de durar, en ese horror de sí mismo, reside su excusa o, como se decía antes, su «grandeza».

Si la Historia tuviera una finalidad, qué lamentable sería el destino de quienes no hemos hecho nada en la vida. Pero en medio del absurdo general nos alzamos triunfadores, piltrafas ineficaces, canallas orgullosos de haber tenido razón.

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Tanto he mimado la idea de la fatalidad, a costa de tan grandes sacrificios la he alimentado, que ha acabado por encarnarse: de la abstracción que era, ahora palpita irguiéndose ante mí, aplastándome con toda la vida que le he dado.

Quien vive sin memoria no ha salido aún del Paraíso: las plantas continúan deleitándose en él. Ellas no fueron condenadas al Pecado, a esa imposibilidad de olvidar; pero nosotros, remordimientos ambulantes, etc., etc.

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«Señor, sin ti estoy loco, pero más loco aún contigo.» Ese sería, en el mejor de los casos, el resultado de la reanudación del contacto entre el fracasado de abajo y el fracasado de arriba.

¡Cuantos problemas para instalarse en el desierto! Más espabilados que los primeros ermitaños, nosotros hemos aprendido a buscarlo en nosotros mismos.

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De todo lo concebido por los teólogos, las únicas páginas legibles, las únicas palabras verdaderas, son las dedicadas al Diablo. Su tono cambia y se aviva su elocuencia cuando, dando la espalda a la Luz, se consagran a las Tinieblas. Se diría que vuelven a su elemento, que lo descubren de nuevo. Al fin pueden odiar, por fin les está permitido; se acabó el ronroneo sublime o la salmodia edificante. El odio puede ser abyecto; extirparlo es, sin embargo, más peligroso que abusar de él. La Iglesia ha sabido evitar a los suyos, sabiamente, tales riesgos; para que puedan satisfacer sus instintos, los excita contra el Demonio; ellos se aferran a él y le roen: por fortuna es un hueso inagotable... Si se lo quitaran, sucumbirían al vicio o a la apatía.

Cuando, por apetito de soledad, hemos roto nuestros lazos con los demás, el Vacío nos embarga: nos quedamos sin nadie a nuestra disposición. ¿A quién liquidar ahora? ¿Dónde encontrar una víctima duradera? -Semejante perplejidad nos abre a Dios: al menos con El estamos seguros de poder romper indefinidamente...

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En la búsqueda del tormento, en la obstinación de sufrir, únicamente el celoso puede competir con el mártir. Sin embargo, se canoniza a uno y se ridiculiza al otro.

¿Quién abusaría del sexo sin la esperanza de perder en él la razón algo más de un segundo, para el resto de sus días?

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En la voluptuosidad, lo mismo que en el pánico, regresamos a nuestros orígenes; el chimpancé, injustamente relegado, alcanza por fin la gloria -mientras dura un grito.

La dignidad del amor consiste en el afecto desengañado que sobrevive a un instante de baba.

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En la época en que la humanidad, apenas desarrollada, se ejercitaba ya en la desgracia, nadie la hubiera creído capaz de poder producirla en serie un día.

Si Noé hubiera poseído el don de adivinar el futuro, habría sin duda naufragado.

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¿La «experiencia hombre» ha fracasado? Había fracasado ya con Adán. Sin embargo, es legítimo preguntar: ¿tendremos la suficiente inventiva para parecer aún innovadores, para agravar semejante descalabro?
Esperándolo, perseveremos en el error de ser hombres, comportémonos como farsantes de la Caída, seamos terriblemente frívolos.

Antes se pasaba con gravedad de una contradicción a otra; ahora sufrimos tantas a la vez que no sabemos ya por cuál interesarnos ni cuál resolver.

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Sin poseer la facultad de exagerar nuestros males, nos sería imposible soportarlos. Atribuyéndoles proporciones inusitadas, nos consideramos condenados escogidos, elegidos al revés, halagados y estimulados por la fatalidad.
Afortunadamente, en cada uno de nosotros existe un fanfarrón de lo Incurable.

Una naturaleza religiosa se define menos por sus convicciones que por su necesidad de prolongar sus sufrimientos más allá de la muerte.

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He adquirido mis dudas penosamente; mis decepciones, como si me esperasen desde siempre, han llegado solas -iluminaciones primordiales.
(E.M. Cioran, París, 1952)

Esos son algunos aforismos de E.M.Cioran, de su libro «Silogismos de la amargura». Pensador apátrida, nacido en Rumania en 1911 y muerto en París en 1995.







Recursos de la autodestrucción.
Emile Cioran.




Nacidos en una prisión, con fardos sobre nuestras espaldas y nuestros pensamientos, no podríamos alcanzar el término de un solo día si la posibilidad de acabar no nos incitara a comenzar el día siguiente...Los grilletes y el aire irrespetable de este mundo nos lo quitan todo, salvo la libertad de matarnos; y esta libertad nos insufla una fuerza y un orgullo tales que triunfan sobre los pesos que nos aplastan.

Poder disponer absolutamente de uno mismo y rehusarse: ¿hay don más misterioso? La consolación por el suicidio posible amplía infinitamente esta morada donde nos ahogamos. La idea de destruirnos, la multiplicidad de los medios para conseguirlo, su facilidad y proximidad nos alegran y nos espantan; pues no hay nada más sencillo y más terrible que el acto por el cual decidimos irrevocablemente sobre nosotros mismos. En un solo instante, suprimimos todos los instantes; ni Dios mismo sabría hacerlo igual. Pero, demonios fanfarrones, diferimos nuestro fin: ¿cómo renunciaríamos al despliegue de nuestra libertad, al juego de nuestra soberbia?...

Quien no haya concebido jamás su propia anulación, quien no haya presentido el recurso a la cuerda, a la bala, al veneno o al mar, es un recluso envilecido o un gusano reptante sobre la carroña cósmica. Este mundo puede quitarnos todo, puede prohibirnos todo, pero no está en el poder de nadie impedirnos nuestra autoabolición. Todos los útiles nos ayudan, todos nuestros abismos nos invitan; pero todos nuestros instintos se oponen. Esta contradicción desarrolla en el espíritu un conflicto sin salida. Cuando comenzamos a reflexionar sobre la vida, a descubrir en ella un infinito de vacuidad, nuestros instintos se han erigido ya en guías y fautores de nuestros actos; refrenan el vuelo de nuestra inspiración y la ligereza de nuestro desprendimiento. Si, en el momento de nuestro nacimiento, fuéramos tan conscientes como lo somos al salir de la adolescencia, es más que probable que a los cinco años el suicidio fuera un fenómeno habitual o incluso una cuestión de honorabilidad. Pero despertamos demasiado tarde: tenemos contra nosotros los años fecundados únicamente por la presencia de los instintos, que deben quedarse estupefactos de las conclusiones a las que conducen nuestras meditaciones y decepciones. Y reaccionan; sin embargo, como hemos adquirido la conciencia de nuestra libertad, somos dueños de una resolución un tanto más atractiva cuanto que no la ponemos en práctica. Nos hace soportar todos los días y, más aún, las noches: ya no somos pobres, ni oprimidos por la adversidad: disponemos de recursos supremos. Y aunque no los explotásemos nunca, y acabásemos en la expiración tradicional, hubiéramos tenido un tesoro en nuestros abandonos: ¿hay mayor riqueza que el suicidio que cada cual lleva en sí?

Si las religiones nos han prohibido morir por nuestra propia mano, es porque veían en ello un ejemplo de insumisión que humillaba a los templos y a los dioses. Cierto concilio consideraba el suicidio como un pecado más grave que el crimen, porque el asesino puede siempre arrepentirse, salvarse, mientras que quien se ha quitado la vida ha franqueado los límites de la salvación. Pero el acto de matarse ¿no parte de una fórmula radical de salvación? Y la nada, ¿no vale tanto como la eternidad? Sólo el existente no tiene necesidad de hacer la guerra al universo; es a sí mismo a quien envía el ultimátum. No aspira ya a ser para siempre, si en un acto incomparable ha sido absolutamente él mismo. Rechaza el cielo y la tierra como se rechaza a sí mismo. Al menos, habrá alcanzado una plenitud de libertad inaccesible al que la busca indefinidamente en el futuro...

Ninguna iglesia, ninguna alcaldía ha inventado hasta el presente un solo argumento válido contra el suicidio. A quien no puede soportar la vida, ¿qué se le responde? Nadie está a la altura de tomar sobre sí los fardos de otro. Y ¿de qué fuerza dispone la dialéctica contra el asalto de las penas irrefutables y de mil evidencias desconsoladas? El suicidio es uno de los caracteres distintivos del hombre, uno de sus descubrimientos; ningún animal es capaz de él y los ángeles apenas lo han adivinado; sin él, la realidad humana sería menos curiosa y menos pintoresca: le faltaría un clima extraño y una serie de posibilidades funestas, que tienen su valor estratégico, aunque no sea más que por introducir en la tragedia soluciones nuevas y una variedad de desenlaces.

Los sabios antiguos, que se daban la muerte como prueba de su madurez, habían creado una disciplina del suicidio que los modernos han desaprendido. Volcados a una agonía sin genio, no somos ni autores de nuestras postrimerías, ni árbitros de nuestros adioses: el final no es nuestro final: la excelencia de una iniciativa única - por la que rescataríamos una vida insípida y sin talento- nos falta, como nos falta el cinismo sublime, el fasto antiguo del arte de perecer. Rutinarios de la desesperación, cadáveres que se aceptan, todos nos sobrevivimos y no morimos más que para cumplir una formalidad inútil. Es como si nuestra vida no se atarease más que en aplazar el momento en que podríamos librarnos de ella.

Tomado de: "Breviario de podredumbre", E. M. Cioran, Taurus Ediciones, 1991






Supremacía de lo adjetivo.




Como no puede haber sino un número restringido de posiciones cara a los problemas últimos, el espíritu se encuentra limitado en su expansión por ese límite natural que es lo esencial, por esa imposibilidad de multiplicar indefinidamente las dificultades capitales: la historia se atarea únicamente en cambiar el rostro de una cantidad de interrogantes y soluciones. Lo que el espíritu inventa no es más que una serie de calificaciones nuevas; vuelve a bautizar los elementos o busca en sus léxicos epítetos menos usados para un mismo e inmutable dolor. Siempre se ha sufrido, pero el sufrimiento ha sido o "sublime" o "justo" o "absurdo", según la visión de conjunto que el momento filosófico mantenía. La desgracia constituye la trampa de todo lo que respira; pero sus modalidades han evolucionado: han compuesto esa sucesión de apariencias irreductibles que inducen a cada instante a creer que es el primero en sufrir así. El orgullo de esta unicidad le incita a enamorarse de su propio mal y a hacerlo durar. En un mundo de sufrimientos, cada uno de ellos es solipsista con respecto a todos los otros. La originalidad de la desgracia es debida a la calidad verbal que la aísla en el conjunto de las palabras y las sensaciones...

Los calificativos cambian: ese cambio se llama progreso del espíritu. Suprimidos todos: ¿qué quedaría de la civilización? La diferencia entre la inteligencia y la estupidez reside en el manejo del adjetivo, cuyo uso no diversificado constituye la banalidad. Incluso Dios no vive más que por los adjetivos que se le añaden; esta es la razón de ser de la teología. Así, el hombre, calificando siempre diferentemente la monotonía de su infelicidad, no se justifica ante el espíritu más que por la búsqueda apasionada del nuevo adjetivo.

(Y sin embargo, esa búsqueda es lamentable. La miseria de la expresión, que es la miseria del espíritu, se manifiesta en la indigencia de las palabras, en su agotamiento y degradación: los atributos merced a los que determinamos las cosas y las sensaciones yacen finalmente ante nosotros como carroñas verbales. Y dirigimos miradas llenas de nostalgia al tiempo en el que no desprendían más que un olor a cerrado. Todo alejandrinismo proviene finalmente de la necesidad de airear las palabras, de prestar a su marchitamiento el suplemento de un refinamiento alerta; pero acaba en un agotamiento donde el espíritu y el verbo se confunden y descomponen. (Etapa idealmente postrera de una literatura y de una civilización: imaginemos un Valéry con el alma de un Nerón...)

Mientras nuestros sentidos frescos y nuestro corazón ingenuo se reencuentran y deleitan en el universo de las calificaciones, prosperan el azar del adjetivo, el cual, una vez disecado, se revela impropio y deficiente. Decimos del espacio, el tiempo y el sufrimiento que son infinitos: pero infinito no tiene más alcance que: hermoso, sublime, armonioso, feo...¿Quiere uno restringirse a ver el fondo de las palabras? No se ve nada, pues éste, separado del alma expansiva y fértil, es vacío y nulo. El poder de la inteligencia se ejercita en proyectar sobre él un lustre, en pulirlo y hacerlo deslumbrante; este poder, erigido en sistema, se llama cultura, fuego de artificio sobre trasfondo de nada.)










EMILE CIORAN

CIORAN HABLA DE BORGES

El último delicado

Cioran habla de Borges





París, 10 de diciembre de 1976


Querido amigo:

El mes pasado, durante su visita a París, me pidió usted que colaborara en un libro de homenaje a Borges. Mi primera reacción fue negativa; la segunda también. ¿Para qué celebrarlo cuando hasta las universidades lo hacen? La desgracia de ser conocido se ha abatido sobre él. Merecía algo mejor, merecía haber permanecido en la sombra, en lo imperceptible, haber continuado siendo tan inasequible e impopular como lo es el matiz. Ese era su terreno. La consagración es el peor de los castigos -para el escritor en general y muy especialmente para un escritor de su género. A partir del momento en que todo el mundo lo cita, ya no podemos citarle o, si lo hacemos, tenemos la impresión de aumentar la masa de sus ``admiradores'', de sus enemigos. Quienes desean hacerle justicia a toda costa no hacen en realidad más que precipitar su caída. Pero no sigo, porque si continuase en este tono acabaría apiadándome de su destino. Y tenemos sobrados motivos para pensar que él mismo se ocupa ya de ello.


Creo haberle dicho un día que si Borges me interesa tanto es porque representa un espécimen de humanidad en vías de desaparición y porque encarna la paradoja de un sedentario sin patria intelectual, de un aventurero inmóvil que se encuentra a gusto en varias civilizaciones y en varias literaturas, un monstruo magnífico y condenado. En Europa, como ejemplar similar, se puede pensar en un amigo de Rilke, Rudolf Kassner, que publicó a principios de siglo un excelente libro sobre la poesía inglesa (fue después de leerlo, durante la última guerra, cuando me decidí a aprender el inglés) y que ha hablado con admirable agudeza de Sterne, Gogol, Kierkegaard y también del Magreb o de la India. Profundidad y erudición no se dan juntas; él había logrado sin embargo reconciliarlas. Fue un espíritu universal al que sólo le faltó la gracia, la seducción. Es ahí donde aparece la superioridad de Borges, seductor inigualable que llega a dar a cualquier cosa, incluso al razonamiento más arduo, un algo impalpable, aéreo, transparente. Pues todo en él es transfigurado por el juego, por una danza de hallazgos fulgurantes y de sofismas deliciosos.


Nunca me han atraído los espíritus confinados en una sola forma de cultura. Mi divisa ha sido siempre, y continúa siéndolo, no arraigarse, no pertenecer a ninguna comunidad. Vuelto hacia otros horizontes, he intentado siempre saber qué sucedía en todas partes. A los veinte años, los Balcanes no podían ofrecerme ya nada más. Ese es el drama, pero también la ventaja de haber nacido en un medio ``cultural'' de segundo orden. Lo extranjero se había convertido en un dios para mí. De ahí esa sed de peregrinar a través de las literaturas y de las filosofías, de devorarlas con un ardor mórbido. Lo que sucede en el Este de Europa debe necesariamente suceder en los países de América Latina, y he observado que sus representantes están infinitamente más informados y son mucho más cultivados que los occidentales, irremediablemente provincianos. Ni en Francia ni en Inglaterra veía a nadie con una curiosidad comparable a la de Borges, una curiosidad llevada hasta la manía, hasta el vicio, y digo vicio porque, en materia de arte y de reflexión, todo lo que no degenere en fervor un poco perverso es superficial, es decir, irreal.


Siendo estudiante, tuve que interesarme por los discípulos de Schopenhauer. Entre ellos, un tal Philip Mainlander me había llamado particularmente la atención. Autor de una Filosofía de la Liberación, poseía además para mí el aura que confiere el suicidio. Totalmente olvidado, yo me jactaba de ser el único que me interesaba por él, lo cual no tenía ningún mérito, dado que mis indagaciones debían conducirme inevitablemente a él. Cuál no sería mi sorpresa cuando, muchos años más tarde, leí un texto de Borges que lo sacaba precisamente del olvido. Si le cito este ejemplo es porque a partir de ese momento me puse a reflexionar seriamente sobre la condición de Borges, destinado, forzado a la universalidad, obligado a ejercitar su espíritu en todas las direcciones, aunque no fuese más que para escapar a la asfixia argentina. Es la nada sudamericana lo que hace a los escritores de aquel continente más abiertos, más vivos y más diversos que los europeos del Oeste, paralizados por sus tradiciones e incapaces de salir de su prestigiosa esclerosis.


Puesto que le interesa saber qué es lo que más aprecio en Borges, le responderé sin vacilar que su facilidad para abordar las materias más diversas, la facultad que posee de hablar con igual sutileza del Eterno Retorno y del Tango. Para él cualquier tema es bueno desde el momento en que él mismo es el centro de todo. La curiosidad universal es signo de vitalidad únicamente si lleva la huella absoluta de un yo, de un yo del que todo emana y en el que todo acaba: comienzo y fin que puede, soberanía de lo arbitrario, interpretarse según los criterios que se quiera. ¿Dónde se halla la realidad en todo esto? El Yo, farsa suprema. El juego en Borges recuerda la ironía romántica, la exploración metafísica de la ilusión, el malabarismo con lo ilimitado. Friedrich Schegel, hoy, se halla adosado a la Patagonia.


Una vez más, no podemos sino deplorar que una sonrisa enciclopédica y una visión tan refinada como la suya susciten una aprobación general, con todo lo que ello implica. Pero, después de todo, Borges podría convertirse en el símbolo de una humanidad sin dogmas ni sistemas, y si existe una utopía a la cual yo me adheriría con gusto, sería aquella en la que todo el mundo le imitaría a él, a uno de los espíritus menos graves que han existido, al último delicado.


E.M. Cioran

ADIOS A LA FILOSOFIA DE CIORAN

Me aparté de la filosofía en el momento en que se hizo imposible descubrir en Kant ninguna debilidad humana, ningún acento de verdadera tristeza; ni en Kant ni en ninguno de los demás filósofos. Frente a la música, la mística y la poesía, la actividad filosófica proviene de una savia disminuida y de una profundidad sospechosa, que no guardan prestigios más que para los tímidos y los tibios. Por otra parte, la filosofía -inquietud impersonal, refugio junto a ideas anémicas- es el recurso de los que esquivan la exuberancia corruptora de la vida. Poco más o menos todos los filósofos han acabado bien: es el argumento supremo contra la filosofía. El fin del mismo Sócrates no tiene nada de trágico: es un malentendido, el fin de un pedagogo, y si Nietzsche se hundió fue como poeta y visionario; expió sus éxtasis y no sus razonamientos.

No se puede eludir la existencia con explicaciones, no se puede sino soportarla, amarla u odiarla, adorarla o temerla, en esa alternancia de felicidad y horror que expresa el ritmo mismo del ser, sus oscilaciones, sus disonancias, sus vehemencias amargas o alegres.

¿Quién no está expuesto, por sorpresa o por necesidad, a un desconcierto irrefutable, quién no levanta entonces las manos en oración para dejarlas caer a continuación más vacías aún que las respuestas de la filosofía? Se diría que su misión es protegernos en tanto que la inadvertencia de la suerte nos deja caminar más acá del desquiciamiento y abandonarnos en cuanto somos obligados a zambullirnos en él. Y ¿cómo podría ser de otra manera, cuando se ve qué pocos de los sufrimientos de la humanidad han pasado a su filosofía? El ejercicio filosófico no es fecundo, sólo honorable. Se es siempre impunemente filósofo: un oficio sin destino que llena de pensamientos voluminosos las horas neutras y vacantes, las horas refractarias al Antiguo Testamento, a Bach y a Shakespeare. Y ¿acaso esos pensamientos se han materializado en una sola página equivalente a una exclamación de Job, a un terror de Macbeth o a una cantata? El universo no se discute; se expresa. Y la filosofía no lo expresa. Los verdaderos problemas no comienzan sino después de haberla recorrido o agotado, después del último capítulo de un inmenso tomo que pone el punto final en signo de abdicación ante lo desconocido, donde se enraizan todos nuestros instantes, y con el que nos es preciso luchar porque es naturalmente más inmediato, más importante que el pan cotidiano. Aquí el filósofo nos abandona: enemigo del desastre, es tan sensato como la razón y tan prudente como ella. Y quedamos en compañía de un anciano apestado, de un poeta instruido en todos los delirios y de un músico cuya sublimidad trasciende la esfera del corazón. No comenzamos a vivir realmente más que al final de la filosofía, sobre sus ruinas, cuando hemos comprendido su terrible nulidad, y que era inútil recurrir a ella, que no iba a sernos de ninguna ayuda.

(Los grandes sistemas no son en el fondo más que brillantes tautologías. ¿Qué ventaja hay en saber que la naturaleza del ser consiste en la «voluntad de vivir», en la «idea», o en la fantasía de Dios o de la Química? Simple proliferación de palabras, sutiles desplazamientos de sentidos. Lo que es repele el abrazo verbal y la experiencia íntima no nos revela nada fuera del instante privilegiado e inexpresable. Por otro lado, el ser mismo no es más que una pretensión de la Nada.

Sólo se define por desesperación. Hace falta una fórmula; incluso hacen falta muchas, no fuera más que por dar justificación al espíritu y una fachada a la nada.

Ni el concepto ni el éxtasis son operativos. Cuando la música nos sumerge hasta las «intimidades» del ser, volvemos a salir rápidamente a la superficie: los efectos de la ilusión se disipan y el saber se declara nulo.

Las cosas que tocamos y las que concebimos son tan improbables como nuestros sentidos y nuestra razón; sólo estamos seguros en nuestro universo verbal, manejable a placer, e ineficaz. El ser es mudo y el espíritu charlatán. Eso se llama conocer.

La originalidad de los filósofos se reduce a inventar términos. Como no hay más que tres o cuatro actitudes ante el mundo -y poco más o menos otras tantas maneras de morir- los matices que las diversifican y las multiplican sólo dependen de la elección de vocablos, desprovistos de todo alcance metafísico.
Estamos abismados en un universo pleonástico, en el que las interrogaciones y las réplicas se equivalen.)


Texto tomado del libro "Breviario de Podredumbre" del mismo autor rumano-francés.

EMILE CIORAN

Emil M. Cioran
El místico nostálgico que no podía creer
Denunciante de la miseria humana, melancólico y febril, decía que la contradicción formaba parte de su naturaleza. Gran conversador, dotado de una sólida cultura, era jovial y con gran sentido del humor. En sus escritos fue donde vertió toda su desesperación.
"El tiempo de la meditación es el único tiempo lleno. Meditar es un ocio supremo, cuyo secreto se ha perdido" (Emil M. Cioran)
LAS CINCO IDEAS CLAVE DE SU PENSAMIENTO
1. LAS VENTAJAS DE LA INSEGURIDAD. “Toda forma de posesión es causa de muerte espiritual”, decía. Para Cioran, la seguridad representa un peligro increíble sobre el plano individual, al igual que una excelente salud es una catástrofe para el espíritu. Y añadía: “Me sentía mucho mejor desde el punto de vista espiritual cuando sólo poseía una pequeña maleta y dos trajes. Vivía de una forma más intensa”.
2. LAS CONTRACICCIONES. “Se puede dudar de todo, afirmarse como nihilista y, sin embargo, enamorarse como un gran idiota. Esta imposibilidad teórica de la pasión, pero que se da continuamente en la vida real, hace que la vida tenga un encanto irresistible. Sufrimos, nos reímos de nuestros sufrimientos, pero esta contradicción esencial es seguramente la que hace que la vida valga la pena de ser vivida”, aseguraba.
3. ESCRIBIR COMO TERAPIA. Una vez le dijo a Octavio Paz que cuando terminaba de escribir, tenía ganas de ponerse a silbar. “Escribir, para mí, ha sido una especie de cura. Todo lo que he escrito, lo he hecho por necesidad inmediata, para deshacerme de un estado de ánimo que me resultaba insoportable. He considerado siempre este acto como una especie de terapia. Cada uno de mis escritos es una victoria sobre el desconsuelo”.
4. EL PARAISO PERDIDO. Afirmaba que no hubo infancia más feliz que la suya, viviendo al aire libre en mitad de las montañas. Jamás volvió a recuperar esa armonía de la infancia, ese paraíso perdido. Aseguraba que si hubiese vivido una infancia triste, sus ideas habrían sido más optimistas. “Esta contradicción entre mi infancia y todo lo que vino después me destruyó interiormente. Mi pasión por la existencia se transformó”, decía.
5. LA BÚSQUEDA DE LA VERDAD. Se consideraba el hombre más desocupado de París, pero su ocio era muy creador y enriquecedor. “Unos buscan la gloria; otros, la verdad. Yo me atrevo a situarme entre los segundos. Una tarea irrealizable ofrece más seducción que un objeto inasequible”. Y añadía: “El tiempo de la meditación es el único tiempo lleno. Meditar es un ocio supremo, cuyo secreto se ha perdido”.

LA REVELACION DE EMILE CIORAN

La revelación de Emile Ciorán

Abel Posse



Después de muchas horas de diálogo con Emile Ciorán, me pregunté cuál es el secreto de su atracción intelectual.
Aparentemente su negación de la filosofía académica y su defensa de un pensamiento Independiente hasta el borde de lo anárquico, podría parecer más bien un episodio final del modernismo romántico. ¿Por qué inquieta Ciorán? ¿Por qué crea adeptos mas bien rechazándoles? Se deslizó durante décadas como un antifilósofo, estimado por escritores y por un público heterogéneo pero ninguneado en el plano de la filosofía oficial, académica, "seria". ¿Cuál es la clave de su sobrevivencia y de su éxito final?

La fascinación de Ciorán a través de sus libros (y particularmente de esa obra central que es La Tentación de Existir, que acaba de ser reeditada por "Tauruo" en la magnífica traducción de Fernando Savater) se entra en subversiva sospecha del autor contra la sacralidad, la intocabilidad, el orgullo, de la condición humana misma.

Lo que nos deja Ciorán, después de la lectura de La Tentación de Existir, La Caída en el Tiempo o El Aciago Demiurgo es la de que el hombre bien podría ser tratado como un animal descastado, un indigno cósmico, en vez del semidiós, "la criatura, a su imagen y semejanza", etc,.a que se tiene acostumbrado. Es como si el hombre, a partir de Ciorán, empezase a ser considerado como una pieza de discordia cósmica, un tonto o un energúmeno infatuado que en el fondo lleva a la enfermedad y la destrucción de todo lo que toca: sean sus, pares o el planeta mismo que habita.

Lo que creo que no se expresó claramente en torno a Ciorán es que es tino de los primeros filósofos que nos dice que el hombre es una causa detestable, un asesino que se cree lleno he cualidades bondadosas.

La ética, hasta ahora, fue la respuesta creada por el hombre ante la sospecha (y la evidencia) de sus malas inclinaciones. Más allá de la respuesta de la ética está Ciorán ?que aunque no lo quiera está directamente ligado a Nietzsche? y que nos dice que el factor criminal del hombre, su destructividad, es la verdadera revelación del siglo XX: el hombre, a través de la tecnología, manifestó su verdadera faz inmoral, definitivamente pérfida: esto es el siglo de los campos de concentración, del hipócrita y cotidiano genocidio, Norte-Sur, de Hiroshima, y más que nada de la destrucción, del orden natural del planeta Tierra a través del desequilibrio ecológico, la contaminación, el definitivo avasallamiento del ritmo de la biosfera, de los animales y las plantas: por una especie triste, neurótica, infatuada, que ni siquiera obtiene placer de sus crímenes.

No es extraño que el ensayo La Tentación de Existir sea una crítico de ese, supuesto favorable a la vida humana y a la bondad del hombre que baña su hipocresía toda la cultura o incultura de Occidente.

Dice Ciorán: “Habiendo agotado mas reservas de negociación, y quizás la negociación misma, ¿por qué no debería yo salir a la calle a gritar hasta desgañitarme que me encuentro en el umbral de una verdad, de la única válida?"
Esa verdad que conmueve a Ciorán, lo separará para siempre de los bien pensantes del mundo (desde Sartre hasta Russell).
La solitaria repulsa de Ciorán se origina en este hecho central: al descalificar al hombre como ente privilegiado, loable, admirable y salvable, condena a muerte la tarea de esos filósofos del hombre, habitantes del ghetto del optimismo.
Ciorán en realidad es el primer filósofo que deja de ser "oficialista" del partido del hombre. Se pone más allá de esa obligatoria y engreída "conciencia de humanidad". Rompe el contrato, invita a que nos unamos a la opinión que de nosotros podrían tener nuestras víctimas: las plantas, los mares, los exterminados tigres de bengala, los místicos, las aves.
¿Por qué el hombre no va a ser algo prescindible en el orden de lo creado?
¿Cuál es la verdadera lectura de ese libro que sigue siendo secreto y que se llama la Biblia: qué quiere decir la parábola del ángel rebelde, la de Caín, la de la expulsión del Paraíso? ¿hemos leído bien la Biblia?
Ciorán niega al hombre actual seguir postulándose arrogantemente y sin dudas como candidato al Paraíso. Ciorán nos dice lo que muchos podemos sentir al culminar este siglo involutivo: el hombre no solamente no merece el Paraíso sino que lo saquea y destruye. Es definitivamente un animal dañoso con peligrosísimas aptitudes...
En un tiempo de pensamiento público pervertido por el lenguaje equívoco de la política y de los grandes intereses, la filosofía -la fracasada Filosofía, arrinconada a mera materia de examen, o a prestigiosa antigualla?, cobra una importancia dramática: junto con el arte y la religión son los únicos espacios de resistencia que nos quedan ante la presión cosificadora. Cosificadora no sólo por el materialismo de una "sociedad de cosas" sino porque esa sociedad termina cosificando a su protagonista, el que debería haber sido su beneficiario.)
La filosofía es guerrilla, como afirma Gilles Deleuze. Es resistencia y ataque ante un enemigo demasiado poderoso, por el momento de apariencia invencible. La guerrilla se arma en silencio y golpea cuando y donde puede.
Es el retorno al Ser y a sentirnos ser pese a la desolada, sometida versión de nuestro ser social, mejor: de nuestro aparecer.
El desdoblamiento entre el yopúblico, como escribió Bergson y el yo profundo, es un fenómeno cultural que se agudiza en este tiempo de extraordinarias y velocísimas mutaciones.
La reflexión es el mecanismo natural, privadísimo, de soldar esa peligrosa ruptura. Filosofar empieza por ser un poner esa reflexión, saber conducirla hacia objetivos. Nuestro sentimiento de existir en cuanto yo (y no en cuanto ese otro del yo publico). Filosofar es existir. En la reflexión íntima nos sentimos existir, nos sentimos en el mundo. La reflexión en estos tiempos tiene in valor similar al de la oración en este caso correo el sentimiento intimo del estar con dios, sin Dios o ante Dios).
Filosofar es existir. Nunca como ahora, en tiempos del yo volcado hacia afuera, vale y tiene tanto peso aquel cartesiano cogito, ergo sum (pienso, luego existo).
Ciorán es el gran guerrillero. Es un ejemplo de resistencia pensante. Piensa como resultado de una reflexión necesaria en un mundo en que la vida que se nos propone, tanto como las ideas hechas en torno a las que nos seguirnos moviendo, nos llevan a la despersonalización, a ese mundo de no?yos, de yos de los otros.
Frente al pensamiento de los frívolos y ruidosos noveaux philosophes de la decadencia cultural francesa, o ante las parrafadas previsibles de Popper (que en nombre del liberalismo democrático oculta la realidad del genocidio económico del tercer mundo), Ciorán se alza como el representante privadísimo e insobornable de la verdadera filosofía: coraje para el compromiso con la verdad, o mejor, con lo verdadero. Hemos llegado a tal punto de ceguera subcultural que Ciorán, el negativo se erige en posibilidad de dignificación.
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LA LUNA,APROXIMACION AL ARQUETIPO DE LA MADRE

La Luna, aproximación al Arquetipo de la Madre:

Autor: Silvia Lebrero
Fecha publicación: 17.04.2007

Reflexionemos sobre algo tan evidente, tan conocido por todos, tan recurrente en nuestras vidas como es la Luna. Tan evidente, digo, y sin embargo tan desconocido, fundamentalmente como símbolo. ¿Cómo no reconocer en ella, tal como hacen los poetas, una fuerza viva, una musa, un instinto?. Estos mismos poetas que saben decir en la voz de Baudelaire:

"La Luna, que es el capricho mismo,
miró por la ventana mientras tú dormías en tu cuna y se dijo:
'esta niña me gusta'".

Como una madre, como un don heredado, la Luna nos guía desde el nacimiento.
Hablan de ella muchos mitos y se le han dado muchos nombres :
¿Quién es esta bella, enigmática, inocente, terrible y sabia presencia?, ¿Qué cosas evoca y convoca la Luna en su danza intemporal y cíclica?. ¿ Por qué, bajo la luz de la luna, se despiertan sentimientos tan diversos: la absoluta calma, los demonios más intensos, los recuerdos refrescantes , la intranquilidad que priva del sueño o la alegría de saber que mañana nos espera otro día más?.
La luna siempre ha sido fiel portadora de las más bellas, confiables y a la par, terribles imágenes.
Todos nos hemos ocupado de ella y con distintos lenguajes: La astronomía nos informa de su forma, la tecnología ha llegado a poner en ella su pie, y tenemos datos y fórmulas que no la agotan.
En Psicología profunda y en astrología, la Luna nos remite a la idea del Arquetipo de la Madre y por tanto, de nuestra Madre Interna: Lo seguro, lo cómodo, lo instintivo nutricio, nuestro primer vínculo de amor.
La Luna atraviesa el cielo vinculándose con el Sol en un eterno juego atemporal, nada más seguro y a la vez cambiante, que en sus distintas fases se convierte en el fiel recordatorio de esa ley inexorable con la cual todo el universo es atravesado: los Ciclos.
Ella pertenece también a un lenguaje que nos habita y es sin embargo inagotable: El símbolo
La astrología: Una mirada del mundo

La misión de la astrología ha sido siempre la de reflejar e interpretar los ritmos ordenados del cosmos con el devenir humano. Todo se refleja en todo. Juego de espejos animado... y ordenado por una ley impersonal y atemporal, la misma ley que nos cuenta el Eclesiastés, Cap.III, I:

"Para todas las cosas hay una estación y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su tiempo: Tiempo de nacer y tiempo de morir; tiempo de plantar y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar y tiempo de curar; tiempo de destruir y tiempo de edificar; tiempo de llorar y tiempo de reír; tiempo de endechar y tiempo de bailar; tiempo de esparcir las piedras y tiempo de allegar las piedras; tiempo de abrazar y tiempo de alejarse de abrazar; tiempo para recibir y un tiempo para perder, tiempo de guardar y tiempo de arrojar; tiempo de romper y tiempo de coser; tiempo de callar y tiempo de hablar; tiempo de amar y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra y tiempo de paz".

Como arte sagrado ella pertenece al mundo del símbolo, y este, del griego sym- ballem, es aquello que unifica, re-liga e integra, a diferencia de su opuesto dia-ballem, lo diabólico, que separa, divide, des-liga y degrada. Vivimos en un mundo desarticulado, carente de sentido y creemos ciegamente en él. Lo diabólico se ha convertido en moneda corriente. Frecuentemente vivimos en la oscuridad. El hombre olvida su vinculación con lo viviente y convierte en religión lo inanimado: La literalidad de los hechos. Dejamos de preguntarnos siquiera si no habrá algo debajo de lo que vivimos que intenta ser reconocido y clama por ser integrado en nuestras vidas. La astrología se ocupa de volver a conectar lo que sucede con sus verdaderas raíces arquetípicas. Así como en los mitos y en los cuentos de hadas existe una sabiduría que se dirige a nosotros y que comprendemos sin el intelecto racional, en astrología se explica el alma humana a través de imágenes que reverberan, dejándonos en contacto con quienes la originan: El mundo arquetipal. Las imágenes arquetípicas remiten a experiencias que atraviesa no solamente la estructura básica de la psique humana sino del universo en su totalidad.

La astrología, es una disciplina rigurosa que reflexiona sobre el humano anhelo de realización de la totalidad e integridad de la psique , conectándola con aquello que la habita: Las grandes potencias anímicas llamadas , de forma simbólica, planetas o dioses o arquetipos, presentes desde el inicio de nuestras vidas, haciendo de cada criatura, ser o situación algo único con un propósito y dirección, un "thelos".
El arquetipo de la madre y la luna:

La Luna como arquetipo viene ligada al principio materno, primera figura que siendo portadora de lo femenino trae con ella todo el embeleso, la magia, el hechizo tanto en sus variantes nutrientes como devoradoras.
La Madre como arquetipo, como modelo interno de una experiencia arcaica e universal: La humana y básica necesidad de seguridad, supervivencia y pertenencia, el sabio principio instintivo que nutre, mantiene la vida y se aferra a ella. Desde este sitio imaginal, estamos siempre en el propio hogar y fuertemente conectados con aquello que nos sostiene: La estabilidad y confianza emocional en la psique que, como raíz, anima y sostiene.
Cada mes, al mostrarnos sus múltiples caras a través de las distintas intensidades de luz con que la vemos, vuelve a cerrarse sobre sí misma: la Luna abre y cierra. En esta dinámica están presentes simbólicamente todos los abrazos y los besos protectores, las sábanas que cubren anticipadamente el frío, el ala protectora brindando calor al nido, protegiendo la vida que aún no está lista para salir. Nada más acogedor que este movimiento, pero en la medida en que en vez de preservar la vida, sabia tarea que tiene encomendada, puede convertirse también en un punto de repetición y refugio , que remite a lo pasivo, lo cómodo, lo conocido, lo que no requiere ningún esfuerzo, lo inerte. La misma dinámica muestra entonces su cara más oscura: Devora, confunde y anula el ingreso de otras demandas anímicas que aspiran a un propósito conciente y significativo e implican voluntad, soledad y discernimiento.

Solemos decir en astrología: Donde está la luna en la carta natal, está la madre. Que no es la madre literal o física, si bien suele describirla acertadamente. Lo que si cuenta esa luna simbólica es la íntima vivencia que se tiene en el encuentro con lo instintivo , que genera una enorme incertidumbre; siendo la infancia y su desvalimiento, el primer momento en que experimentamos este encuentro con el arquetipo.
Así, lo que viene de la mano de este luminar es el recuerdo, la memoria de lo vincular , que en la infancia se enlaza a figuras primales. Momento que carga con un alto montante afectivo y puede convertirse en defensa ciega, automática y lugar de apegos frente a lo que se presenta como nuevo y desconocido, movimiento neurótico que cierra y protege de otros contenidos.

Esta suerte de conciencia pasiva alberga en sí un gran tesoro: El principio femenino húmedo y fecundo, que en su natural seguridad y raigambre no teme ya el encuentro con el apolíneo Sol, siendo entonces su función ser fiel reflejo de la tarea solar, promesa creadora de un futuro consciente y quizás en esto estribe el motivo de la involuntaria conmoción que nos embarga al ver en los cielos cada mes el apareamiento divino, recordatorio universal de los sucesivos encuentros de esta boda mística.

Silvia Lebrero
Astróloga.

REFLEXION JUNGUIANA SOBRE SALVADOR DALI

Reflexión junguiana sobre un artista: Salvador Dalí

Autor: Silvia Tarragó Garrido
Fecha publicación: 12.07.2007

Carl G. Jung fue uno de los primeros en criticar el reduccionismo del psicoanálisis al acercarse a interpretar el arte al modo iniciado por Freud. Jung consideraba que la investigación psicológica del hecho artístico sólo puede referirse al proceso psíquico de dicha actividad y no al arte en sí mismo. Jung utilizó y fomentó la producción artística y simbólica como parte del proceso terapéutico; y en respuesta a la postura del psicoanálisis freudiano frente al artista, opinaba: "Si una obra de arte se explica por el mismo procedimiento que una neurosis, entonces o bien la obra de arte es una neurosis, o la neurosis es una obra de arte".

Consideró el material artístico como expresión de imágenes arquetípicas: "Quien habla con imágenes primigenias habla con mil voces... liberando así también en nosotros esas fuerzas benefactoras que desde tiempos inmemoriales han permitido a la humanidad escapar a los peligros y soportar la noche más larga... Ese es el secreto efecto del arte."

Promocionó todos los aspectos del arte en su labor terapéutica y consideró siempre el trabajo artístico como un amplificador del estado colectivo del alma; de la cultura en que el artista vive y crea: "Aquí radica la relevancia social del arte: siempre trabaja en la educación del espíritu de la época, pues convoca a esas figuras que más faltan al espíritu de la época. Desde la insatisfacción del presente, el anhelo del artista se retrae hasta alcanzar en lo inconsciente la imagen primigenia propicia para compensar del modo más eficaz las carencias y la unilateralidad del espíritu de la época". "El arte constituye un proceso de autorregulación espiritual en la vida de las naciones y las épocas".

En el inicio de lo "humano" está la imagen, aquello que le significa y diferencia. El hombre es capaz de expresar lo primordial en él: Lo arquetípico . La imagen es numinosa y misteriosa. La psique permanece en un estado constante de creación de imágenes que develan el potencial del alma. La imagen expresa el misterio que la palabra nunca alcanza a develar del todo; por lo tanto la imagen es origen, símbolo pleno de contenidos arquetípicos. Toda representación simbólica nos suministra imágenes del inconsciente. Los artistas pueden proyectar esas imágenes y convertirlas en objeto. Como diría Stevenson: "No tengo mucho mérito, las historias me las dictan por la noche y yo por la mañana, las escribo". A ellos, los artistas, los dioses les soplan al oído las imágenes, las historias, los colores, los sonidos.......y ellos dan cuerpo a ese soplo divino. Los artistas son mediums de todas las representaciones posibles...así lo han descrito ellos:

"El arte no reproduce lo visible. Lo hace visible". P. Klee.

"Es arte lo que procede de una necesidad interna del alma".W. Kandinsky.
Salvador Dalí: El niño que se escondió tras un bigote:

Como definió tan bien Winnicott : “En el juego, y sólo en él, pueden el niño o el adulto crear y usar toda la personalidad, y el individuo descubre su persona sólo cuando se muestra creador”.
Dalí se esforzó toda su vida en jugar al escondite.

Por qué lleva usted bigote? Salvador Dalí: Para pasar desapercibido”

Gran intuitivo y con mucha facilidad , como las almas enormemente sensitivas, para los juegos de la imaginación; captó con gran precisión la inmensa ambigüedad del mito que llamamos “realidad”.
Escribió en su libro “Vida secreta”: “El creciente y todopoderoso impulso del ensueño y el mito empezó a mezclarse de modo tan continuo e imperioso con la vida de cada instante, que posteriormente me ha sido con frecuencia imposible saber cómo empieza la realidad y donde termina lo imaginario”
“Este hábito de transformar, activa y deliberadamente, la apreciación de la realidad exterior en virtud de juegos con la percepción y pseudo-alucinaciones controladas, cristalizó en una técnica clásica al servicio de imágenes inconscientes, con el fin de materializar, con el ansia de precisión más imperialista, las imágenes de la irracionalidad concreta”
Para Dalí, la meta era “Que el mundo imaginativo y de la irracionalidad concreta sea de la misma evidencia objetiva, de la misma consistencia, de la misma dureza, del mismo espesor persuasivo, cognoscitivo y comunicable que el mundo exterior de la realidad fenoménica” . Contado en literatura por Lewis Carol, en “Alicia en el pais de las maravillas” Dali estuvo también muy interesado en lograr la permeabilidad de traspasar el espejo, de transitar por “ambos mundos” y lograr que dialogaran, que ambos lugares tuvieran la misma importancia.
“La realidad del mundo exterior sirve como ilustración y prueba, y está puesta al servicio de la realidad de nuestro espíritu”. “Las propias imágenes de la realidad dependen del grado de nuestra facultad paranoica y que, no obstante, teóricamente un individuo dotado con un grado suficiente de la citada facultad podría, según su deseo, ver cambiar sucesivamente la forma de un objeto tomado de la realidad, tal y como ocurre en el caso de la alucinación voluntaria, pero con la particularidad de índole más grave, en el sentido destructor, de que las diversas formas que puede adquirir el objeto en cuestión serán controlables y reconocibles para todo el mundo, desde el momento en que el paranoico las haya simplemente indicado”
(Dalí, Vida Secreta ).

Hombre culto y gran lector de las innovaciones “científicas” de su época, es seguro que sabía conceptos básicos de psiquiatría . Sabemos que había leido a Freud y sus postulados revolucionarios sobre el concepto del inconsciente. Buscó y encontró la etiqueta diagnóstica mas “popular” y evidente en tiempos de guerra y postguerra: la paranoia.

El paranoico vive en un mundo angustioso, habitado de enemigos. Ha creado una realidad llena de significado simbólico, que refleja su psicología . La paranoia es la enfermedad mental más "racional". En caso de sufrir psicosis, su delirio consiste en una explicación intrincada y coherente del mundo en torno a ideas obsesivas que confirman su vivencia de un mundo amenazante . La Paranoia siempre está sostenida en una proyección contra alguien o algo distinto de uno mismo , los propios pensamientos y miedos, con frecuencia inconscientes.
El paranoico se encuentra viviendo “realmente” acosado por imágenes, escenas o figuras “persecutorias”, que son los que representan aquello no aceptable en uno mismo. Dalí eligió la paranoia porque explicaba perfectamente el personaje que le permitiría seguir enmascarado y que expresaba con precisión el mito “científico” y dolor ante el desastre social de su época..

“Debo de ser el único de mi especie que ha dominado y ha transformado en potencia creadora, en gloria y en júbilo, una enfermedad mental tan grave”

En 1930 , Dalí publicó el artículo "El asno podrido", en el que formuló su estrategia: “Las imágenes paranoicas pueden compartirse con otras dado que son inteligibles y comunicables”. Ejemplificó su teoría en lo que denominó la "imagen doble", esto es, “la representación de un objeto que, sin la menor modificación figurativa o anatómica, sea al mismo tiempo la representación de otro objeto absolutamente diferente, despojada, también ella, de todo tipo de deformación o anormalidad que pudiera revelar algún arreglo”.

Dalí ya no puede continuar inmerso solo en el imaginario . El método paranoico-crítico explica la aproximación “racional” al mundo del símbolo, alejándolo de la experiencia directa con el mundo del inconsciente, de los sueños y de las producciones automáticas. Se acerca a la “ciencia” oficial porque capta que en este desolador momento , tan solo los físicos y los matemáticos son respetados por “imaginar”.

Dalí lo definió así: “Actividad paranoico-crítica: método espontáneo de conocimiento irracional basado en la asociación interpretativa-crítica de los fenómenos delirantes”
Según Dalí la posición del artista debería ser, en un primer momento, una apertura no controlada a las asociaciones e imágenes inconscientes En un segundo momento, el artista debería aplicar la inteligencia racional al análisis del material irracional, sistematizándolo y haciéndolo inteligible.

“La actividad crítica interviene únicamente como líquido revelador de imágenes, asociaciones, coherencias y sutilezas sistemáticas graves y ya existentes en el minuto en que se produce la instantaneidad delirante”.
Aspectos del Complejo paterno

En el cuadro : El enigma de Guillermo Tell . Dalí representa en esta pintura la complejidad de su Complejo paterno. Observamos a Dalí niño, en brazos de Lenin-padre, que deposita en su cabeza una chuleta ( cordero pascual sacrificial) . El libro de Guillermo Tell preside el cuadro, recordándonos al hijo héroe que puede morir si el padre falla en su puntería. El gran falo que surge del ano del padre atrapa nuestra mirada. Dalí representa lo sexual como algo violento : “Nunca en mi vida había hecho el amor y me representaba este acto como terriblemente violento y desproporcionado a mi vigor físico, aquello no era para mí".

Dalí retuvo una ambivalente fascinación por la fuerza interior y la virilidad de su padre y de estas otras figuras, en comparación con las cuales se consideraba a sí mismo blando y fundido, carente de estructura: “yo, pese a todo, no podía, de ninguna manera, bajo pena de grave riesgo, y de ver que mi personalidad se disolvía como azúcar en el café, renunciar a admirarle y llegué a identificarme con él para mantener su estructura y moldearme en la imagen de su fuerza”.
Años mas tarde repitió a Gala constantemente:"Ante todo recuerda que prometimos no lastimarnos”.

Dalí consiguió transformar su complejo paterno en una imagen mental y trabajar en ella, mediante visualizaciones, de modo que pudiera reducir el poder del padre y asimilar, a la vez, la fuerza de éste: >“Héroe freudiano por excelencia, me he liberado de su tutela nutriéndome de cada célula de su yo, y él se ha convertido en uno de los motores de mi genio”.

Por extensión podemos comprender su “prudencia” articulando enormes defensas ante las figuras masculinas-paternales.
La figura poderosa y vengativa del padre se encarna, en primera instancia, en el padre biológico de Dalí, y más tarde se desplazará hacia otras figuras similares en su vida tales como Picasso y Breton, y mas tarde Lacán o Freud o incluso , algunas pertenecientes al imaginario colectivo como Stalin, Lenin, Guillermo Tell.

Lacan publicó en 1932 su tesis: De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad.> Estuvo muy interesado por Dalí. El también se interesa en ese joven psiquiatra , que intenta comunicarse con él y comprender su creativa definición de paranoia. Lo que el prestigioso psiquiatra no percibió es que el pintor era un alma escurridiza ante las figuras de poder.
Dalí dijo de él en una novela que escribió posteriormente a sus encuentros :

“Sin ser guapo, el doctor Lacán ( Alcan ) podía ser atractivo gracias a la viveza de su inteligencia; ofrecía la impresión de que se estaba jugando constantemente al escondite con su ingenio en la extensión, demasiado desnuda y lisa, de su rostro, que estaba ennoblecida por la constante agitación de su pensamiento”.

Su capacidad para captar las máscaras era notable.

El círculo surrealista de París admiraba fervientemente a Freud como el descubridor del inconsciente y de la importancia de los sueños. Para Freud , el arte expresaba una sublimación : “los componentes del instinto sexual se caracterizan por esta capacidad de sublimación de cambiar su fin sexual por otro más lejano y de un mayor valor social. A las aportaciones de energía conseguidas de este modo para nuestras funciones anímicas debemos probablemente los más altos éxitos civilizados”.
Dalí era un freudiano acérrimo desde que, en sus tiempos de estudiante en Madrid, hubiera leído La interpretación de los sueños ”Uno de los descubrimientos capitales de mi vida” y quería a toda costa conocer a Freud.
Europa estaba muy revuelta y no había logrado conocerle en Viena. Tras muchos esfuerzos, Stefan Zweig medió finalmente y los presentó en Londres, el 19 de julio de 1938, un año antes de la muerte de Freud.
Dali, entusiasmado, le mostró su cuadro Metamorfosis de Narciso y, otra vez, gran intuitivo de la naturaleza humana tras la máscara, de repente ya no le interesaron las palabras de Freud. Calló y se dedicó a observarle durante el resto de la sesión. Sencillamente se puso a dibujarle a carboncillo. El anciano Freud con su dedo índice sosteniendo su propia mejilla...
Dias mas tarde le entregó el dibujo a Zweig para que, a su vez, se lo enseñara a Freud , pero Zweig no se atrevió porque le parecíó que lo mostraba “muerto”.

En una carta de Freud a Zweig escrita dos días después del encuentro con Dalí, el anciano psiquiatra dijo : “Hasta entonces, los surrealistas, que al parecer me han elegido como su santo patrón, me parecían unos locos al ciento por ciento (o mejor dicho, como el alcohol, al noventa y ciento por ciento). Este joven español, con sus cándidos ojos de fanático y su innegable maestría técnica, me ha incitado a reconsiderar mi opinión. Se trata, en todo caso, de alguien con serios problemas psicológicos”.

Dalí escribe también unos días mas tarde : “Le creía el único hombre capaz de dialogar de igual a igual con mi paranoia , yo hubiera querido deslumbrarle, pero fracasé . Su cráneo de caracol no había calado mis intuiciones ni mi fuerza íntima. Lo que le interesaba era evidentemente su propia teoría, no mi personalidad. Vivía ya fuera de nuestro tiempo. Estoy convencido de que si nos hubiéramos encontrado antes, o varias veces, habría modificado algunos de sus conceptos sobre el arte. Yo hubiera podido ser para él la prueba viva y fundamental de que la paranoia, precisamente una de las formas más extraordinarias del inconsciente irracional, puede animar perfectamente los mecanismos racionales y fertilizar lo real con una eficacia tan considerable como la lógica experimental. El delirio paranoico-crítico es una de las fórmulas más fascinantes del genio humano. Freud sin duda, era demasiado viejo para replantearse estos temas y abrirse a nuevas experiencias”.

Tiempo después pinta a Freud con la cabeza redonda de un caracol...
Aspectos del Complejo materno

En el cuadro: El enigma del deseo. Aparece una figura suave y redondeada , que tiene muchos huecos y numerosos agujeros, dentro de los que se inscribe repetidamente "ma mère" (mi madre). Para Dalí, está claro que su madre le permitía verse a la luz de la bondad; ella dijo: “ Era un ser con quien contaba para hacer invisibles las manchas de mi alma -era tan buena que pensaba que su bondad "serviría para mí también". Me adoraba con un amor tan íntegro y tan orgulloso, que no podía equivocarse”. “Mi madre, en el Olimpo daliniano, es un ángel”.

“La mayoría de mis primeros recuerdos se remontan al útero, eran como huevos fritos, pero sin la sartén. En mi visión prenatal la parte amarilla de los huevos, la yema, es casi normal –pero con mucha viscosidad y reflejos-, mientras que las claras son absolutamente divinas, porque están llenas de colores iridiscentes. Todo es suave, todo es oscuro; no es necesario preocuparse por la realidad. Es lo mejor que conoceremos. Al momento de nacer, perdemos el paraíso. Repentinamente, hay demasiada luz y todo es demasiado seco. Es la violencia; el trauma de ser. Casi todo el mundo tiene esas experiencias prenatales pero no como Dalí.”

Aunque la unión emocional y mental entre Gala y Dalí era muy poderosa, los biógrafos albergan dudas respecto de si fueron una pareja sexual. Dalí había manifestado a menudo su horror a la penetración , y era, sobre todo, un onanista y un voyeur También aborrecía la idea de tener hijos y preferió ser, simbólicamente, el único hijo de su esposa, Gala, diez años mayor que él:
“Gala me adoptó. Fui su recién nacido, su niño, su hijo, su amante. Ella tiene la función de ser mi protectora, mi divina madre, mi reina. Yo le conferí la fuerza de crear el espejismo de su propio mito ante sus ojos y ante el mundo” Su fusión con Gala se manifiesta en muchas declaraciones, en muchas “escenas” articuladas de un modo muy teatral en las que ambos "nacían" de un huevo común. "Gala-Salvador Dalí", solía firmar sus obras. No pudo estar solo. Ya había nacido doble. Llevó el nombre y el peso de la ausencia de su hermano muerto. En la pintura La metamorfosis de Narciso, como muchas de sus otras pinturas se representa esa dualidad . El mito de los Dióscuros, Cástor y Pólux : En el que uno de los hermanos debe morir para que el otro se vuelva inmortal. Dalí utiliza ese mito para explicar lo que llamó la "fenixología": Su supervivencia y su gloria se edificaban sobre la muerte de otros rivales o amigos, como García Lorca .

”Los muertos son para mí como una blanda almohada sobre la que me duermo”. Incluso fantaseaba ser el responsable de sus muertes, un pensamiento que lo llenaba de culpa, pero que también lo llenaba de vigor: “Creo que todos esos muertos sostienen mi vida, como arquitrabes. Y de ello extraigo una fuerza inaudita” “Saboreo mejor la vida, el saberme vivo, cundo devoro un muerto”...
Cuando murió su madre, en febrero de 1921, el Dalí adolescente se vio forzado a construir una persona…una máscara, desarrollando una pose que le sirviera de escudo protector. Más adelante, sería Gala quien encarnaría el arquetipo de la madre cuidadora, el estímulo permanente de su creatividad y protectora de su frágil anima. "Mis bigotes defienden la entrada de mi persona". La pintura, la escritura, el diseño, las escenografías y vestuarios, las performances o las payasadas de Dalí dan completa cuenta del grado en que la obra máxima de Salvador Dalí fue la creación de sí mismo como personaje.

“La vida de Salvador Dalí la he considerado siempre como una obra de arte”.>

Aunque en su libro Vida secreta de Salvador Dalí promete desvelar su verdadera biografía, lo cierto es que, la frase que cierra el prólogo explica su verdadera psicología : “Una cosa, por lo menos, es cierta: todo, absolutamente todo lo que aquí diga es entera y exclusivamente culpa mía”. Como casi siempre en él, lo principal quedó velado, lo que Salvador Dalí escribió e ilustró fue, en gran medida, su libre creación; fue el artífice de su propio mito. En palabras de su hermana Anna Maria, “Desde 1949 Dalí ha sido promocionado como el personaje que se ha visto obligado a representar. Pero este "personaje", tan lejos del verdadero Dalí ha acabado devorando su auténtica personalidad”.

“En realidad, no estoy loco. Un psiquiatra en París trabajó durante siete años para determinar si Dalí estaba loco o no. Después de muchas conversaciones, decidió que Dalí posee uno de los cerebros mejor organizados con los que se había encontrado. Dijo que mi cerebro contiene las características de estructura de la locura paranoica pero, por supuesto, la locura paranoica es absolutamente creativa, la mejor clase de locura. “La diferencia entre un loco y yo, es que yo no estoy loco”

El ser humano está movido por un afán de unidad. Vivimos arrastrados a los polos contrarios, y por tanto ese anhelo de fusión , que en la vida solo experimentan los no-natos, los místicos y levemente los enamorados....nos lleva al deseo de la autorealización en unidad. Ese camino en psicología analítica se llama el camino de individuación y el lugar de unidad, que frecuentemente se llama Dios, en psicología profunda se llama el Si-mismo.

El conocimiento simbólico es innato. No se educa individualmente. Lo que si se puede hacer es cuestionar el mito sobre lo llamado hoy dia "ciencia". Nos daremos cuenta de que "el racionalismo" cartesiano y darwiniano apuntaron sobre el descrédito de la imaginación. Tan solo los físicos y algunos matemáticos la sostienen. Ahora la imaginación acreditada se llama astro-fisica, ya no se llama psicología, o religión..... Dalí lo intuyó absolutamente.
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MANJUN ,EL UNICORNIO

Majnun, el unicornio

Autor: Lourdes Rensoli Laliga
Fecha publicación: 09.01.2008
Lourdes Rensoli Laliga

Hace varias décadas, C. G. Jung mostró la polisemia del mito del unicornio1. Bajo la imagen del extraño ser de un solo cuerno representado en el Orbis Terrarum medieval, cuya forma más bella en Occidente es el conocido tapiz ornado con la divisa "A mon seul desire", se agrupan elementos que caracterizan un contacto con las fuerzas primordiales del cosmos que exceden todo conocimiento humano. La vaca velox, localizada en China según A. Kircher2, Enkidu en el Poema de Gilgamesh, Rishyaringa en el Ramayana, son seres salvajes, que apenas pueden verse de cerca hasta que, en los dos últimos casos, la misteriosa fuerza femenina logra atraerlos, domarlos y ganarlos para la sociedad. Sus recónditos poderes, al servicio de los hombres, "civilizados" por así decirlo, no merman sino alcanzan una plenitud controlada, aunque en el caso de Enkidu, terminen trayéndole la muerte. Resulta además significativo que en la forma euro-occidental del mito, sólo una virgen consiga someter al unicornio--evocación de la Virgen María--mientras que en el Gilgamesh y en Ramayana sean, por el contrario, las prostitutas sagradas--las hieródulas y las deva-dasi respectivamente--quienes logren tal cometido.

unicornio En la historia de los amores de Layla y Majnún, cuya fama ha trascendido con creces los marcos del mundo islámico, el mito del unicornio, también presente, reviste una forma peculiar cuyos rasgos más sobresalientes intentaremos analizar aquí. Para ello, partiremos de la versión realizada en el siglo XII D.C. (VII de la Héjira) por el persa Nizâmî, aunque los orígenes de la historia suelen datarse alrededor del S. VII D.C. (II D.H.)3 .Es conocido que muy pronto, quizás desde el siglo IX D.C. (IV D.H.), dicha historia fue incluída en los textos sufíes, entre ellos por el contemporáneo de Nizâmî, Farid Uddin Attar, en el Mantic Uttair, debido a su fuerte connotación mística. El amor trasciende en ella los marcos de la vida ordinaria para convertirse en causa de la radical transformación de los amantes, de su "despertar" místico, en verdadera gnosis de tal modo que Dios se reconoce como el verdadero objeto del amor y por tanto, la alegría y el dolor que de éste provengan deben considerarse como efectos de la Gracia. Pues no resulta posible acercarse al Autor de las cosas sin que la criatura se niegue a sí misma, se aniquile como ser individual y permita así que aflore la chispa divina contenida en todo cuanto existe. Por ello, el dolor proveniente del amor contiene una fuerza transmutativa mayor que la dicha.

La figura del joven Quays, transformado por el amor en un Majnún, es decir, loco, con la locura sagrada que reconocieron por igual en místicos, poetas y amantes los egipcios, griegos, árabes, persas e hindúes, constituirá el centro de estas reflexiones, dirigidas a caracterizarlo como forma específica del mito del unicornio: Quays reúne las características de un joven ordinario aunque distinguido por su posición y cualidades. Nadie puede vislumbrar las potencialidades ocultas en él. Al romper los límites de la "normalidad", al convertirse en un Majnún, asumirá las características del unicornio. Esta será nuestra tesis: el proceso característico, descrito por Jung, se invierte en su caso.
Quays y la virgen

Las cualidades de Quays son excepcionales, pero, salvo su belleza, nadie las conoce durante su infancia. Su mismo nacimiento es un milagro, resultante de las continuas oraciones del padre a causa de la falta de descendencia. La venida del hijo trae consigo el cumplimiento de un destino que a todas luces la Providencia quería evitar, por ahorrar dolor a los padres y a la criatura. La posibilidad de no nacer equivaldría al disfrute de otros bienes por parte de los padres.

El milagro divino estaría unido a una suerte singular, trágica e inmensa, pues según la tradición islámica, Dios pues no concede fácilmente aquello que hará sufrir al hombre mucho más que su carencia. Cuando lo otorga, han de asumirse todas las consecuencias. Como en el caso del unicornio en las diversas formas descritas por Jung y otros estudiosos, el don es innato, sea cual sea el momento en que se revele.

La belleza del niño, excepcional, hace pensar en Yusef, arquetipo de la belleza masculina, cuyo nombre se menciona varias veces en el poema de Nizâmî. En notable paralelo con el caso de Yusef (Corán, Sura XII), a la belleza del cuerpo de Quays se une la de su alma: "Cada gota de leche que bebía se transformaba en su cuerpo en una prenda de fidelidad, cada bocado que comía se volvía en su corazón un pedazo de ternura. Cada línea de añil que dibujaban en su rostro para protegerlo del mal de ojo obraba prodigios en su alma. Todo ésto, no obstante, permanecía en secreto, oculto a todos los ojos".4

Se anuncia una pubertad prematura en él, dada por la aparición del bozo a los siete años (p.36), como en el caso de Yusef, en el niño se anuncia desde temprano el don profético, "madurez" o, si se quiere, singularidad espiritual.

En la escuela se despliegan por primera vez algunas de las cualidades ocultas: su inteligencia brilla por sobre la de otros y tiene el don de la elocuencia (p. 37). Entonces conoce a Layla, cuya belleza y virtudes son comparables a las suyas.

Layla tiene una peculiaridad diferente a la de Quays: no cambiará, salvo en el aflorar de la cualidad poética, que el amor despertará en ella. La historia de ambos es en realidad la de la transformación del joven en un majnún. Layla será siempre la misma: sus prendas no mermarán ni crecerán, como si hubiese nacido perfecta, imagen hierática de la mujer ideal, marcada por un destino singular, cuyo equivalente en Occidente--en el cual se evidencia por lo demás la influencia oriental--se halla en la dona angelicatta y en la midons de los trovadores medievales y renacentistas, en las caracterizaciones que de la condesa de Trípoli plasmará en sus canciones Jaufré Rudel, la que de Laura trazará Petrarca o en la que de Beatriz dejará Dante.

Ella es la Belleza en sí misma. Hasta su muerte amará, callará, sufrirá, resguardará su virtud. En ella la obra del dolor será silenciosa, recóndita, como al modelo femenino de su época y cultura corresponde. Al joven le será dada la posibilidad de mostrar, de expresar, de consagrar ante la posteridad su vida y su amor mediante sus palabras, actos y modo de vida. Sólo él y unos pocos elegidos accederán al secreto de Layla. Sólo él plenamente.

Layla es virgen. Morirá virgen, sin que su único amor haya rozado siquiera su cuerpo. Sin que el marido impuesto por sus padres haya logrado más que su compañía. Resaltan los temas del amor que se experimenta antes de conocer la palabra que lo designa--como ocurre, por ejemplo, en Las pastorales del griego Longo--y del brebaje, real o simbólico, que, servido por un copero, en cuya mano obra el destino, enciende eterna e irremediablemente la pasión de los amantes--como ocurre más tarde, por ejemplo, en Tristán e Isolda en Europa. Desde ese momento, los amantes quedan solos con su destino. Una barrera invisible los separa del mundo, incluso al uno del otro: la soledad existencial del amante, aunque, como en este caso, ambos formen un mismo ser, se hace notoria.

Algo muy frágil se rompe en Quays cuando el medio circundante les hace comprender la naturaleza de lo que existe entre ambos. Dafnis y Cloe fueron más dichosos, entre otras razones porque su amor se desarrolló a solas, en los campos y bosques.

La violencia y falta de piedad del mundo se volcará sobre Quays y Layla para hacerlos pagar--a él sobre todo--la transgresión de las reglas de la vida ordinaria: por mostrar su amor de una forma desnuda, sin tapujos, se verá privado de la realización ordinaria de ese amor, en la forma de matrimonio y familia. Pero, como la Antígona de Sófocles, Quays, llamado desde entonces Majnún, el loco, quedará misteriosamente excluído de habitar entre los vivos, en este caso entre los hombres normales.

Desde el inicio, su amor está envuelto en un halo trágico, presagiado aun en los días de ventura (p. 38). La inocencia de los niños les impide protegerse, emplear los recursos de quien, escarmentado por los sufrimientos del amor, intenta escapar todo lo posible de sus redes. También Quays es virgen y lo será siempre. La energía sexual, misterio que pone al hombre en contacto directo con el cosmos, se transmutará en poder espiritual en él. En ella, permanecerá intacta, en silenciosa y larga espera de una unión que sólo llegará en la muerte.

El poder de la virginidad obra en ambos de distinto modo, pero los ata con una fuerza sobrehumana. Sin la mutua virginidad hubiese existido el amor de Layla y Quays. Con ella, será el de Layla y Majnún.
La locura sagrada

Los antiguos diferenciaron tres tipos fundamentales de locura: la producida por exceso de alma animal, que convierte al afectado en incapaz; la que sobreviene a causa de espíritus malignos de algún tipo que poseen al enfermo; la tercera, colindante con la santidad, proviene del exceso místico. Si la primera sólo provoca postración o idiotez estéril y la segunda la agresión irrefrenada contra sí mismo y contra los demás, la tercera hace a los grandes poetas, inspirados y santos. Se trata de la inversión del orden real, del vivir el lado oculto de la realidad, el que los límites de la razón nunca permiten ver y en ocasiones tampoco vislumbrar siquiera.

La vivencia de la inversión del orden ha estado ligada en las diferentes culturas a prácticas religiosas de algún tipo: el orfismo en Grecia y sus implicaciones en las religiones de misterio--no se olvide la descripción de la manía o locura poética que Platón plasma en el Fedro--los misterios de la bona dea en Roma, los cultos extáticos de Ishtar y Astarté en Babilonia y Mitilene, las fiestas de locos en la Edad Media europea5, en suma, la carta sin número del Tarot: el loco o tonto tocado por lo sobrenatural; la relación indisoluble entre lo lúdico y lo sagrado.

El amor y la poesía se hermanan en el delirio. Como en los conocidos versos de Safo, glosados por Platón en el Fedro, en el amante aparecen signos similares a los del enfermo. El exceso del amor hace al amante incapaz de autodominio, la razón deja de regir sus actos. La belleza del amor se erige en su única norma. Se trasciende a sí mismo, se convierte a la vez en un Dios y en un mártir. Esto sucede. de distinta forma, a Quays y a Layla.

El vive su delirio de modo evidente. Ella en silencio, pues a la mujer no suele serle permitido expresar el exceso de la pasión de modo explícito. El dará a conocer su amor a los cuatro vientos. Sus versos de amor por Layla lo harán famoso y admirado aun por quienes desprecian su total servidumbre ante el amor. Ella tendrá que callar y acatar la voluntad de sus padres y el marido impuesto, aunque su matrimonio jamás se consume.

Cada uno vive a su modo la absoluta indefensión y soledad de quien ama. Y ambos pagarán las consecuencias: Layla vivirá siempre como una prisionera. Majnún romperá sus nexos con la sociedad humana y se retirará al desierto.

Quien vive preso de una pasión o de un dolor que lo consumen sin tregua ni merma despierta sentimientos contradictorios: se le admira y se le teme, inspira el rechazo y a la vez una rara fascinación. Pues los grandes estremecimientos del alma no suelen ser fácilmente aceptados ni comprendidos ni siquiera por quienes estiman al que padece. Se tolera una crisis pasajera, pero todos esperan un consuelo y un olvido más o menos rápidos. Si se prolongan más allá de un límite, traen consigo el paulatino abandono de parientes y amigos, que terminarán por reprocharle su persistencia en el amor y el sufrimiento como un crimen. Pocos elegidos pueden soportar un amor y un dolor así. Y menos pueden soportarlo quienes lo frecuentan o estiman. El amante quedará definitivamente solo con su amor y sólo le quedarán las distantes simpatías de quienes conocen, como una leyenda, la historia de ese amor, quienes pueden disolverlo en el mito.

Majnún, el loco de amor, es rechazado por el padre de Layla como yerno. No hay ninguna razón lógica para ello. Cuenta con todas las prendas necesarias para ser aceptado: es rico y de una familia distinguida y piadosa. El rechazo proviene, en el plano humano, del exceso de su amor, la índole extraña y sospechosa de su sentimiento, que absorbe todo su ser. Se tolera el exceso por celos, por orgullo, por lujuria inclusive. Al amor se le teme. De tal modo, el padre de Layla pone como condición que ese amor se reduzca a los límites comúnmente aceptables: "Está loco y no queremos a un loco por yerno. Por lo tanto, más vale que ruegues primero por su curación. Después puedes volver a hablar de matrimonio" (p.44). Pues tal amante, afectado por la locura del amor, delirio o manía, trasciende la condición ordinaria y se vuelve un místico, cuyo lugar nunca está entre el resto de los hombres. Pero hay una segunda razón, aun más misteriosa, para que el absurdo, forma exterior del destino, se precipite sobre él y sobre Layla: es un elegido para recorrer el camino de los grandes místicos hasta las últimas consecuencias, en su caso, a partir del amor por un ser mortal a través del cual poco a poco se le revelará lo divino6.

Platón describió con todo detalle este proceso en el Fedro. La palinodia socrática deviene un verdadero himno sacrificial a los dioses. No hay que olvidar que, desde los orígenes de la filosofía en el mundo islámico, el platonismo constituyó una de sus bases fundamentales, que impregnó también la poesía y la teología, independientemente de la coincidencia en última instancia de todas las actitudes místicas. Pero el platonismo, que no se concibió como una doctrina para ermitaños, devino históricamente el fundamento de las más diversas actitudes ascéticas, tanto en el ámbito cristiano como en el judío y el islámico. Así ocurre en la obra de Nizâmî. Majnún vivirá desde entonces en los desiertos, porque no puede vivir con su amada.

La ascesis de la total entrega al amor conforma una vida de ermitaño, donde se renuncia a todo lo propio y el amante se transforma en el amado. Este "salir de sí mismo", este desprendimiento de todo lo adventicio, del complicado tejido de intereses, ambiciones, egoísmos y tibias satisfacciones que suele componer la vida humana, hace que afloren poco a poco las potencialidades más raras y preciosas del ser humano, las que lo conforman como microcosmos en definitiva. El primer don que se despierta en Majnún es el de la poesía. Layla también será tocada por el mágico carisma, como se observa en el intercambio de poemas de amor entre ambos (p. 54-55): "su canción, hija del dolor y del anhelo, tenía el poder de acabar con la infelicidad del mundo".

El poeta tiene para muchos pueblos un don sagrado. No hay que olvidar que los grandes poetas persas suelen ser considerados por el pueblo como santos. Se acude aun hoy a sus tumbas, se les pide milagros, como sucede con Attar, Hafez, Omar Khayam o Sa'adi. En otras regiones del Oriente sucede otro tanto. Pues el don de la palabra equipara al poeta con los profetas, portadores de la palabra de Dios. El precio es no poder ya vivir la vida del resto, quedar marcado para siempre por una estrella tan brillante como torturante y aniquiladora.

Este amor rompe toda barrera: la de la cordura, la de la extranjería (no se olvide que Layla pertenece a una tribu diferente y así lo reprochan a Majnún, Cfr.: p. 44), la de la total separación física. Pero una de ellas resulta aquí particularmente interesante: la del interés en poner término al padecer, de un modo u otro; el lógico anhelo humano de dejar de sufrir.

Esta se manifiesta a su vez en dos sentidos: la peregrinación a la Meca (poner término al padecer pidiendo a Dios la curación de la enfermedad del amor) y la batalla que las tropas de Nawfal librarán para obtener a Layla por la fuerza. A muchos parecerá que el amante se empeña en torturarse, presa de un trastorno que va más allá del amor y alcanza una morbosa autopunición. No es así: Majnún, el elegido, intuye primero y sabe después con certeza que el amor--aunque a costa de un sufrimiento casi insoportable--eleva al amante sobre la servidumbre humana ordinaria. Y si el padecer parece constituir la conditio sine qua non de la existencia, es mejor experimentarlo por algo sublime y no miserable. La vida es una energía de alcance incalculable por lo general. Sólo las grandes pasiones permiten siquiera vislumbrarlo. De ellas, sólo el amor acerca a lo divino, pues la obra de Dios es una obra de amor. Esto permite comprender ambas actitudes. En el caso de la primera, la peregrinación al lugar más sagrado del Islam supone casi el encontrarse con Dios cara a cara, aunque un velo invisible impida que tal hecho se culmine, pues nadie podrá contemplar a Dios sin morir.

Para Majnún el velo es más frágil que para el resto de los hombres, por lo cual también su vida concluirá antes del plazo común. Si el amor produjo en él un primer "despertar" a lo trascendente, acudir a la Meca deviene un segundo grado. El encuentro con lo sagrado, el poder percibir su fuerza en un grado más alto que el resto de los hombres, posibilita al amante entender que su tortuoso camino lo acerca sin embargo a la fuente de la vida, Dios mismo. Por eso, mientras que su padre, llevado por un afecto intenso pero ordinario hacia el hijo, suplica que se le "cure", pues intuye que la condición de elegido trae aparejada la destrucción, el joven ruega que ese amor, en lugar de morir, crezca cada vez más. Pues mejor resulta consumir la vida como una llama en el dolor que la esterilidad del propio ser: el amor despierta las fuerzas del alma y propicia la evolución, la transmutación ascensional que la alquimia buscaba por sus propios medios, tanto en el ámbito euro-cristiano como en el judeo-islámico y extremo-oriental.

No debe olvidarse que Jung caracterizó también los nexos entre el mito del unicornio, sus símbolos y la alquimia.7 Majnún experimentará también algo similar a la muerte alquímica y al encuentro con lo que el opus alquímico llamaba "el guardián del umbral". Este es el significado que atribuímos a la actitud de Majnún en la batalla sostenida por su amigo Nawfal contra el padre de Layla.

Nawfal, que desea la felicidad del joven enamorado, lo somete sin saberlo a la más dura de las pruebas. Primero, lo hace abandonar temporalmente su camino de ascesis, al reavivar en él la ya perdida esperanza de realizar materialmente su amor, de obtener a Layla. Vuelve a ser Quays, al retornar a los hábitos de vida propios del hombre común. Es un nuevo sacrificio al amor, pero la más artera de las trampas. De inicio, porque el amigo demora en cumplir su promesa y los placeres corrientes parecen querer atarlo. Vence esta primera dificultad al reclamar el cumplimiento de la promesa. La guerra culmina la prueba a la que la Providencia parece someter al joven: poner sus fuerzas y su corazón al servicio de propósitos egoístas, sin detenerse en el sacrificio de vidas. Olvidar todo ideal de pureza y sublimidad, todo escrúpulo a cambio de la mujer amada. Matar y atacar a los parientes de Layla sin reparar en el dolor que puede causarle a ella misma al obtenerla con las manos manchadas por la sangre del padre. En suma, pensar sólo en el fruto de la acción.

Aquí puede establecerse una comparación con el héroe humano de otra gran obra oriental, en este caso libro canónico del hinduísmo: la Baghavad-Gita. La misma razón que obliga a Krishna a impulsar al combate a Arjûna, el príncipe de los kurus, obliga a Majnún a renunciar al combate. Pues Arjûna se resiste a cumplir con su deber de kshatrya en una guerra justa a causa de las consecuencias de la acción. Krishna le señala que ésto implicaría quedar ligado para siempre a la acción, según la ley del karma. Majnún por su parte comprende, por la autoconciencia que su amor ya le ha hecho alcanzar, que ligarse a las consecuencias de la acción convertirá su amor, algo precioso y singular, en la vulgar conquista de una mujer por la fuerza. Layla y el amor de ambos merecen lo más elevado: proseguir el desarrollo ascensional. Ello lo aisla más aún del resto de los hombres: le acarrea mayor odio por parte del padre de Layla, la incomprensión y el desprecio de los guerreros, que le retiran su apoyo y lo creen realmente loco, trastornado por pasiones impuras. Arjûna combate porque renuncia al fruto de la acción, la misma razón por la cual Majnún se niega a combatir.
La transmutación

No queda al joven otro remedio que regresar al desierto: "era como si su nombre hubiese sido borrado del libro de la vida" (p.68). Perdida la esperanza terrenal, la fuerza transmutativa del amor resurge. Es en este momento cuando se inicia la peculiar relación de Majnún con los animales, propia del unicornio o del hombre que, en estado salvaje, se equipara a éste, lo que se ha llamado la "sabiduría del desierto".8

Uno de los dones frecuentemente otorgados a los místicos es el de la palabra perdida, la que la alquimia medieval europea llamó Verbum dimissum. Suele interpretarse como la recuperación del lenguaje prístino, con el que Adam puso nombre a las criaturas y se comunicó con ellas hasta su expulsión del Paraíso, según se cuenta en La Biblia (Génesis, 2, 19-20). En El Corán, los términos son los siguientes: "Instruyó a Adán en todos los nombres de los seres" (La Vaca, 29), y en las aleyas siguientes se refiere que sólo a Adán le fue comunicada esta sabiduría, por lo cual los mismos ángeles debieron postrarse ante él. Si el hombre común ha perdido este singular don de Dios, quienes están más cerca de él pueden recuperarlo. Si el imponer la propia voluntad, por sobre el mandato divino, hizo pecar a los primeros padres, quien practica hasta las últimas consecuencias el negarse a sí mismo para que la chispa divina en él presente refulja en toda su intensidad, revive en sí mismo la inocencia y la comunión con el resto de los seres de la que Adám disfrutó. Pues no hay que olvidar el carácter sagrado del nombre en el alfabeto hebreo, que heredó en buena medida el árabe--y lo transmitió a las lenguas en las que influyó--y que no sólo atribuye un significado esencial a la criatura nombrada con un cierto término, sino que encierra en él toda su fuerza. Majnún disfrutará de ese don. Los hombres comunes no serán más sus compañeros, sino los animales. En la dimensión intercultural del análisis, es clara la analogía con el mito de Orfeo y el poder de su canto, capaz de amansar a las fieras y hasta al propio Hades, pero no hay que olvidar que estamos frente a una interpretación del mismo tema proveniente de una religión monoteísta, donde la ascesis no se detiene en lo sagrado ni en lo divino como niveles sino que asciende a Dios. Más válida resultaría entonces la comparación entre los versos de Majnún y los de David, capaces también de conjurar todo mal.

Pero más allá de cualquier comparación, es evidente que Majnún posee dicha palabra perdida. Primero, comenzará a salvar la vida de los animales atrapados por cazadores y destinados al sacrificio, como ocurre con las dos gacelas, animal simbólico por lo demás en la poesía islámica (p. 68-69), un ciervo (p.70) y hasta un derviche al cual una vieja lleva atado para conseguir limosnas (p.72-73). Otro paralelo interesante puede trazarse aquí: apenas un siglo después de Nizâmî, un místico cristiano repetirá muchas de las acciones de Majnún, el loco de amor. Es Francisco de Asís, en quien se encuentran todas las características del sufí, del loco por Dios descrito por Attar, Ibn Arabí y tantos otros. En el florilegio compendiado en la Edad Media, cuyo título es Florecillas9, se narran anécdotas sobre él similares a las de Majnún y otros sufíes: predica a los pájaros, salva de la muerte a corderos, tórtolas y peces y los devuelve a la libertad, domestica al lobo y lo convierte en un animal manso y amistoso, vivirá sólo de limosnas, para no dar lugar a la soberbia, llegará incluso a obligar a fray Maseo a girar como los derviches, al igual que Majnún. Y muchos los tendrán, a él y a sus discípulos, por locos.

Majnún repite todas las características fundamentales de los elegidos: el don de lágrimas, la renuncia al sueño, el soportar todas las fatigas, muchas veces sin darse cuenta, purga hasta la intención egoísta aunque comprensible que lo condujo a aceptar la ayuda de Nawfal para obtenerla, a costa de la guerra y la muerte. Sobre ésto dirá Farid Uddin Attar: "No pronuncies la palabra yo, tú, que a causa del yo has caído en cien desgracias, si no quieres ser tentado por el diablo".10 El símil de Ismail ante Abraham que emplea Majnún (p.74), equivalente al bíblico de Isaac ante el propio Abraham, implica la total renuncia al ego, la visión de Dios en Layla.

¿Idolatría? Así podrían pensar superficialmente algunos, por cuanto Majnún parece llevar a cabo una suerte de culto religioso a un ser mortal. Aquí es posible apoyarse en una de las anédotas referidas por Attar en Mantic Uttair: la del Schaikh San'an, el santo que, a causa de una mujer, convertida en ídolo y por consiguiente, en sustituto de Dios, se degradó hasta extremos inconcebibles. ¿Repite Majnún la historia de San'an con la joven cristiana que lo apartó del Islam?

La respuesta es ambigua: sí y no. Pues la propia historia del Schaikh lo es. No hay que olvidar sus términos: su amada "poseía facultades contemplativas en el camino de Dios"11 ,como resulta también evidente en Layla. Por ella el hombre tenido como santo reniega del Islam, en sentido estricto del término12 , y abraza el Cristianismo, lo cual se asume como forma de degradación. Su amiga se convierte en el centro de una nueva religión. Para la aflicción de los amigos por el Maestro descarriado, hay dos respuestas iluminadoras: la del fiel discípulo, ausente cuando ocurrieron los tristes acontecimientos, y la que dará personalmente el Profeta, que completa la primera.

El discípulo hace ver a los restantes lo erróneo de su actitud ante el error del Maestro: la verdadera caridad consiste en negarse a sí mismo hasta el punto de seguirlo en el error, por amor de Dios, y no en abandonarlo, muestra de orgullo. Pero además, en emplear el más poderoso de los medios para que Dios ilumine al confundido: la oración. Tras la cuarentena de ayuno y súplica, el Profeta se aparece al fiel discípulo sumido en éxtasis, y le revela el secreto: entre Dios y el schaikh se interponía una sombra, ahora vencida por la oración y el arrepentimiento, por el dominio del egoísmo que supone la extrema humillación sufrida.

La solución indica que el camino de la perfección exige el negarse a sí mismo hasta las últimas consecuencias, hasta la fe y la salvación. Sólo entonces, en medio de la absoluta humillación, se produce el Milagro. Pues el schaikh pudo haber elegido no viajar a Grecia y conocer a la joven, y proseguir por lo tanto en su estado de Gracia. Pero, ¿no sería ese estado, es decir, su propia santidad, también una ilusión, un ídolo que era necesario destruir? En este sentido, la joven parece representar el papel de "guardián del umbral", el cual puede abrir las puertas de la verdad, pero también cerrarlas definitivamente. Y el schaikh se salva por la intervención de la Gracia, única que puede salvar de la "noche oscura" en la que se ha precipitado.

Layla, por el contrario, es un puente entre el amante y Dios, pues al joven se le revela en ella poco a poco la imagen de Dios, estampada en toda criatura, pero con más fuerza en el amor, que es la naturaleza misma de Dios, y aunque sea en su modalidad humana conduce a El de modo más directo. Un papel similar al de la amada de San'an nunca lo desempeña Layla, pues jamás pedirá a Majnún nada que lo disminuya.

Ella, que es la absoluta pureza, sólo puede ser un escollo como imagen. Pues el objeto del amor, como toda idea que sirva de premisa en el ascenso místico, incluso la de Dios, constituyen sólo indicadores del camino, de fuerzas impulsoras, de sostén al ser humano, necesitado de ellos a causa de su naturaleza carnal, finita. Detenerse en alguno supone detenerse para siempre, estancarse, quedar apresado por la idea, semejante a un ídolo, pues Dios no es una idea ni responde a idea alguna.

Tener a Layla físicamente exige, dadas las circunstancias, aferrarse a un propósito egoísta. Tenerla como parte del propio ser, es poseer lo más precioso de ella, la esencia común a ambos: la imagen de sí mismo que Dios estampó en el hombre. Por ello hay que renunciar a ella, que no exige nada, pero que involuntariamente sirve al "guardián del umbral" del ego para someter al amante a la más dura de las pruebas: saber que jamás será suya, verla desposada con otro, escuchar que se ha entregado por amor a ese otro, aunque después venga el consuelo precisamente a través del infame calumniador, arrepentido de su propia maldad ante la conmovedora desolación del amante.

Ibn Salâm es el hombre ordinario, aunque no le faltan virtudes. Estas son, sin embargo, las que el mundo aprecia. Ellas le propician la aquiescencia del padre a su matrimonio con Layla, la admiración del mundo entero por haber logrado tan alta prenda. Pero, como todos los honores del mundo, es falso su bien, falsa su felicidad: Layla no le ama y nunca será suya. Podrá encerrarla, custodiarla, mirarla de lejos, pero nunca poseerla.

Como un aprendiz de brujo, Ibn Salâm queda preso en su propia trampa: aspiró a algo que no comprendía esencialmente, aunque su belleza lo deslumbrara. Entonces se empeñó en obtenerlo sin reparar en las consecuencias (p.77), y empleó las virtudes que el mundo elogia: riqueza, agrado, mesura, respeto al ritualismo y a las reglas. Un hombre así nunca podrá ser amado hasta la locura. Todo lo más, hará un negocio con el amor en el cual el objeto de ese amor será tratado como una mercancía, comprado y vendido. Nada más le será dado. Pues el amor no se conforma ni más ni menos que con todo. Hasta una migaja puede ser todo. Pero Ibn Salâm no aprovechará esta oportunidad que el destino parece ofrecerle para emprender él también el camino de la perfección, a través del amor. Está ciego para tal mensaje, es incapaz de verlo, como fue incapaz de ver que sería inútil obtener a Layla del modo empleado. Nunca comprenderá a Layla, porque sólo atiende a su apariencia física y llega a confundirla con una mujer vulgar, que desea ser poseída por la fuerza (p.77). Habrá de sufrir las consecuencias: la muerte, provocada por el deseo insatisfecho, humano y comprensible, capaz de despertar la piedad, pero ligado al egoísmo.

Cada muerte tendrá entonces un significado diferente, donde el secreto de Majnún como forma del unicornio se acabará de comprender. Primero sobreviene la muerte del padre de Majnún, quien sabrá la parte que le ha correspondido en ella. La transformación experimentada es irreversible y aunque hace esfuerzos por vivir de nuevo como los demás para alegrar al padre, ya no lo consigue. Ambos lo comprenden y ello provoca la muerte del anciano. Majnún lo ha abandonado todo por Layla, ha quedado solo con el amor de ella y ni a ella la tiene materialmente.

Viene a la mente una situación similar: la de Radha, en el Gita-Govinda de Jayadeva, que abandona su casa, su familia, su honor por el amor de Krishna y sus sufrimientos son también intensos al sentirse abandonada por Krishna, que busca a otras gopi. Pero, pese a que el dolor la conduce a las puertas de la muerte, no dejará de amarlo bajo ningún concepto y será al cabo salvada por el propio amor de Krishna, quien también guarda una curiosa similitud en ciertos aspectos con el unicornio, lo cual requeriría un análisis especial. Radha se une física y espiritualmente con Krishna en la floresta; los rodearán las vacas, animales sagrados. Majnún se convertirá en una sola alma con su amada en el desierto, donde sólo acuden animales salvajes. Entonces tiene lugar el conocido episodio donde el joven rompe el papel donde están escritos los nombres de ambos y arroja al camino la mitad donde aparece el de Layla. Pues él se ha fundido definitivamente con ella.

Entonces ya el canto brota como una fuente, sin preocuparse porque llegue a destino alguno. ¿Qué sentido tendría, si ambos son uno solo? Es aquí donde queda caracterizado como unicornio: "Se había vuelto un salvaje para los de su propio género, pero ni siquiera un salvaje está enteramente solo en este mundo; incluso un Majnún tiene compañeros. Los suyos eran los animales" (p. 87). El hombre común somete a los animales por la fuerza, la paciencia o el temor, nunca sin algún esfuerzo, como sí logra Majnún sin proponérselo. Todos acuden a su lado poco a poco para protegerlo y acompañarlo, sin agredirse mutuamente, por obra del amor, convertido en su esencia.

Tres razones fundamentales lo explican: la evidente presencia de Dios en Majnún es la primera. Reconocen en él por instinto la imagen del Creador que en ellos aparece sólo como huella. La comunión del amante con el resto del cosmos es la segunda, consecuencia de la anterior. La restitución de la condición adámica es la tercera. Majnún ha depurado su naturaleza no sólo de todo pecado sino de toda concupiscencia, de toda pasión egoísta, de todo apego al fruto de cualquier acción. Ya no conoce el pecado y por ello ha recuperado la originaria inocencia humana, idea presente en el mito griego sobre una ancestral "Edad de Oro", y que en las religiones del Libro adopta otra forma: los animales reconocen en el hombre al rey natural de la Creación sin temerle en lo más mínimo, debido al nexo entre la Creación y al Creador de un modo simple y directo, no perturbado por el mal. 13 En La Biblia judía, las profecías sobre el futuro Mesías aseguran que los animales mansos y feroces estarán juntas y serán guardados por un niño (Isaías, 11, 6-9). En El Corán, la familiaridad de Adán con los animales en el pasaje ya citado de La Vaca, 29, su desconocimiento del temor y de la vergüenza suponen lo mismo.|

Majnún ha adquirido poderes sobre la naturaleza, los cuales no le preocupan: continúa sumido en la contemplación interior de Layla. Se desprenden de él fuerzas inconscientes, que atraen a los animales salvajes que le brindan protección y compañía.

Al recibir la carta de Layla, Majnún se arranca del cuerpo los harapos que lo cubren. Su desnudez es la de Adán, como en la Sura Ta Ha, 119 se cuenta. Comienza a girar hasta caer desvanecido, a la manera de los derviches giróvagos, que alcanzan el éxtasis por tal medio.14

El siguiente encuentro entre los amantes tiene un carácter místico: han dejado de ser dos jóvenes enamorados para convertirse en una sola alma, y contemplarse mutuamente constituye una gratuidad, un don del Cielo y no un fruto del apremio causado por el deseo. No se acicala ni se prepara de ningún modo. Su desnudez no le preocupa porque ya el pecado ha dejado de existir como posibilidad para él. Layla, también casta, lo constata: "Ni siquiera Majnún, el perfecto enamorado, pide más" (p. 109). El abrazo que no se produce entre ambos lo sustituye la poesía. Después, Majnún huye. Como el unicornio, se postra ante la virgen, pero sabe que su sitio está en las selvas, bosques y desiertos. El joven Salâm intenta compartir la vida de Majnún, pero no lo consigue. El ascetismo se le hace insoportable, y debe regresar a Bagdad y contentarse con propagar los versos aprendidos. Salâm llora por un amor perdido, no por los embates casi insoportables del Amor. Esto diferencia radicalmente a los dos jóvenes, y Majnún se lo hace saber: por sobre el deseo defraudado, que ha logrado vencer, él es "el Rey del Amor en Majestad" (p. 112).

Entonces se consumarán todas las muertes. El amor es la mayor de las bendiciones pero la fuerza de su esencia, sin las coberturas ordinarias que lo atemperan y reducen a límites controlables por el hombre común--que lo hacen dejar de ser amor en suma--, aniquila en poco tiempo. La muerte de Ibn Salâm viene como consecuencia de su torpeza y concupiscencia, que lo llevaron a forzar un matrimonio sin amor del que no obtuvo más que dolor. Layla se consume extenuada por la larga lucha entre la preservación de su amor y las leyes del decoro. Ella también ha renunciado a todo, ha luchado en el silencio como Majnún en versos ya famosos para siempre. Ya no piensa en unirse a él, cosa realizable en su viudez. Pasaron los años de la primera juventud, en los que pudo haber sido la mujer de Quays. Agotada por el peso de su amor y las cadenas del mundo, Layla muere. Sabe que en otra vida celebrarán sus desposorios, como la tradición islámica asegura. Por eso pide ser enterrada con sus vestidos de novia.

Desde entonces Majnún querrá morir, necesitará morir. Lograrlo será fácil: aunque pueden existir separados en la tierra, no pueden hacerlo en diferentes dimensiones. Los animales, que lo entienden y respetan, serán sus guardianes hasta que sólo queden sus huesos sobre la tumba de Layla. La virgen se ha llevado al unicornio a la común morada.

La locura de amor es domada por el amor de la virgen inalcanzable. El unicornio se arrodilla ante ella, se deja apresar, como la tradición indica. Por obra del amor y de la ascensión mística, mediante la gnosis que ellos implican, Majnún se transformó en unicornio y venció así su parte salvaje. A través del canto, sus poderes taumatúrgicos trascienden la muerte e irradian al resto del mundo.

Editado con permiso de la autora.Lourdes Rensoli
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