sábado, 14 de agosto de 2010

Leyendas del Norte de Chile

EL TESORO DEL “SANTIAGUILLO”

Origen: Los Vilos

En el puerto de Los Vilos fondeó un día el barco español “Santiaguillo”. En él venían fabulosos procedentes del Perú. Una de sus lanchas, cargada de valiosas riquezas, encalló. El mar y el tiempo se encargaron de sepultar el tesoro en la playa.

Algunos pescadores, que extraen sus productos en la zona, relatan que han visto una embarcación llena de tripulantes, asegurando que son las almas de los marineros del “Santiaguillo” que no han sido sepultados y que piden descanso. El descanso según la leyenda llegará para esas almas cuando alguien descubra el tesoro.

JUAN SOLDADO

Origen: Coquimbo

El estudioso Julio Vicuña Cifuentes transmite la leyenda que el pueblo narra sobre la desaparición de la primitiva ciudad de La Serena que es, según él, "la tradición más antigua" que se conoce en Chile. He aquí la versión: La primitiva ciudad de La Serena era mucho más hermosa que la actual. Vivía en ella un joven bien parecido, pero pobre, a quien llamaban Juan Soldado, nombre que, en recuerdo suyo, se puso después al cerro cerca del cual aquella ciudad estaba edificada.

Juan Soldado se enamoró de la hija única de un cacique riquísimo, que habitaba a tres leguas de la ciudad. Como el cacique era ambicioso, se opuso a que se casara con un pobre. Los enamorados resolvieron huir, para casarse en la iglesia de La Serena, pues la joven era cristiana.

Así lo hicieron, y en el momento en que el sacerdote bendecía el matrimonio, gente del pueblo llegó a la iglesia con grande alboroto, diciendo que el cacique, a la cabeza de sus mocetones, se aproximaba a la ciudad, jurando destruirla, después de matar a los enamorados. Nadie sabe lo que pasó, pero es lo cierto que en el momento en que el cacique, con sus guerreros, pisó los suburbios, la ciudad se desvaneció.

Recorrieron el campo donde estaba situada, pero no la encontraron aunque la andaban pisando. En ciertas noches, singularmente los sábados, los que pasan cerca del sitio en que estuvo edificada oyen música y canciones, y el Viernes Santo la ciudad se hace visible a los que contemplan desde lejos, pero se borra poco a poco ante los ojos de los que pretenden llegar a ella.

Otra versión es la que dice que existió en la Colonia un soldado español llamado Juan. Cierto día mató en la calle a dos vizcaínos ricos que se habían burlado de él al verlo pobremente vestido. Sólo quedó en el suelo su espada acusadora. El hombre desapareció. Meses más tarde, en lo alto de un cerro lejano se encendía todas las noches una luz. Al año se extinguió. Cuando los curiosos visitaron este punto hallaron allí al soldado Juan, muerto y amortajado en un hábito monacal. En esa soledad el asesino había expiado su doble crimen. Se denominó ese punto el cerro de Juan Soldado. Y de allí el nombre actual.

Fuente: “Folclor Chileno”, Oreste Plath, Editorial Grijalbo.

LEYENDA DE LOS PAYACHATAS

Origen: Leyenda Inca

Esta es una leyenda Inca que cuenta la historia de dos tribus enemistadas. Las constantes peleas y discusiones por las tierras hacían su convivencia casi insostenible.

Un día, el destino quiso que el Príncipe y la Princesa de los respectivos poblados se encontraran. Desde ese instante comienza a crecer un amor puro y sincero superior a los conflictos de sus pueblos.

Cuando las familias se enteraron de este romance no podían comprender lo que sucedía. El odio irreflexible imposibilitaba ver que esta relación podía traer la paz y la unión.

Ambas tribus se afanaron en aconsejar e impedir la cercanía de los príncipes, a través de la magia, sin embargo, no tuvieron éxito.

Era tanto el amor de la pareja que hasta la naturaleza sentía pena por ellos. Las nubes y la luna comenzaron a llorar. Los lobos aullaban y las tormentas cayeron sobre las tierras, advertencia de los dioses para ambas tribus.

Mientras la naturaleza volcaba su fuerza para que los poblados cambiaran de actitud, ellos realizaban toda clase de artilugios para romper con el amor de los jóvenes. Tan inútiles resultaron los esfuerzos, que los sacerdotes decidieron sacrificarlos para que nunca llegaran a estar juntos. En una noche oscura y sin luna los príncipes fueron asesinados.

La fuerza de la naturaleza se hizo presente, llovió y llovió por días y noches. Las lluvias, cada vez más intensas, fueron acompañadas de truenos y relámpagos que asolaron la región.

Las dos tribus desaparecieron, producto de las inundaciones y en lugar de ellas aparecieron dos hermosos lagos por donde se ha visto pasar en pequeñas canoas a los dos príncipes finalmente juntos.

Los lagos creados por las intensas lluvias son el Chungará y el Cota-Cotani.

La naturaleza no contenta con este homenaje, puso en el lugar de las tumbas de los jóvenes dos volcanes: El Parinacota y el Pomerame.

Fuente: www.icarito.cl

TESORO DE LA BAHÍA DE LA HERRADURA

Origen: Coquimbo

En la Bahía de la Herradura, que hoy se conoce con el nombre de Guayacán y que está junto a Coquimbo, los piratas enterraron un tesoro, el Tesoro de la Bahía de la Herradura.

En el año 1578 el corsario inglés Francis Drake descubrió la bahía de La Herradura, así llamada por su forma. Desde ese mismo instante, la bahía pasó a ser el refugio de piratas y filibusteros, como Bartolomé Scharp, Eduardo Davis, Jorge Anson y otros de menos nombradía.

Drake convirtió esta bahía en refugio y en sus costas enterró el producto de sus correrías, robado en cientos de combates. Este tesoro consistiría en miles de barras de oro y plata; cientos de miles de monedas de oro, mil doscientos zurrones de oro en polvo, veinte ollas de oro y diez tinajas de joyas.

Fuente: “Folclor Chileno”, Oreste Plath, Editorial Grijalbo

LA VACA MARINA

LA VACA MARINA

La Vaca Marina, recorre infatigablemente los intrincados canales chilotes, paseando su figura de vaca obesa, con retorcidos cuernos y ojos brillantes y luminosos, nadando muy veloz, impulsada por sus patas, en forma de grandes aletas, semejantes a la de una foca.

Cuando divisa a un toro terrestre de su agrado, sale presurosa del mar y entre carreras y saltos "haciendo auto", rompe cercos y alambradas, hasta llegar junto, a su elegido. El toro, como embrujado, ante la presencia de tan raro como incitante ejemplar de hembra, no resiste a sus requerimientos y se entrega a disfrutar con ella, una sesión amorosa.

Una vez satisfechos sus deseos, la Vaca Marina, regresa hacia el mar, recorriendo el mismo camino por el que llegó. Se aleja orgullosa y despectiva, sin dar, tan siquiera, una última mirada hacia el sitio, donde se demostró tan enamorada, como tierna e insinuante.

El toro, quedó trastornado y ahora sólo atina a bramar y bramar, mirando fijamente, con ojos lánguidos, hacia la playa, por donde apareció y se fue su amada, para perderse en el mar y no retornar jamás.

Día y noche, se oyen los bramidos lastimeros del desafortunado toro: ya ni pasta y apenas si se mueve, con la vista clavada hacia el mar, seguramente porque abriga la esperanza, de que en cualquier momento, ella puede regresar.

Todas las otras hembras le son indiferentes y aunque pasan junto a él, ya no las ve, no las siente, ni despiertan en su cuerpo, el más mínimo síntoma de su, otrora pujante virilidad.

La pérdida de sus cualidades de macho, es decir, la impotencia, constituyó el precio de su aventura amorosa, con aquel ser tan extraño, como diabólico. Y ahora en su futuro, ya no figuran las hermosas vacas, especialmente elegidas para él, sino sólo el cruel y afilado cuchillo del carnicero...

El toro, por supuesto, ignoraba que la Vaca Marina, continúa realizando, en su raza, los deseos de exterminio de las especies terrestres, que sustentaba ese enemigo implacable y poderoso, la culebra Coicoi.

Fuente: www.memoriachilena.cl

TRENTREN Y CAICAIVILU

TRENTREN Y CAICAIVILU

En el remoto pasado del pueblo mapuche, dos espíritus muy poderosos se encarnaron en gigantescas serpientes.

Una, caicaivilu, agitaba en el mar su profundo odio al género humano. La otra, trentren, miraba con afecto al hombre desde la cumbre de un cerro.
Un día caicaivilu se propuso la destrucción de los seres, haciendo subir las aguas del mar. Trentren, que desde la cumbre observó la retirada del mar que precede a un maremoto, dio oportuno aviso a los “hombres de la tierra”. Los llamó a trepar al monte, donde ella los pondría a salvo, junto a los animales y las aves.

Pumas y zorros, llamas y huemules; peucos y torcazas, queltehues, pidenes y chucaos olvidaron enemistades o recelos, corriendo y volando juntos hacia la salvación.

La respuesta humana, en cambio, fue mucho más lenta. Estaban los ancianos que se negaban a dejar su tierra “de toda una vida”, las mujeres que querían cargar con todo, desde el telar hasta las piedra de moler. Y no faltaban los incrédulos, los indecisos que “ya lo pensarían” y los que “no pasa na”.

Entretanto, las aguas subían incontenibles, arrasando chozas, ahogando a los confiados y a los lentos, que iban quedando convertidos en peces, mariscos o peñascos.

Sólo un pequeño grupo avanzaba hacia la cumbre, mientras el mar lamía sus talones. El poder destructivo de caicaivilu parecía triunfante, pero trentren no abandonaba a la raza amiga, elevando la altura del cerro a medida que subían las aguas.

Gracias a ese truco lograron salvarse una o dos parejas, a las que aún se les impuso una pena más: debieron ofrecer en sacrificio a uno de sus pequeños hijos, que arrojado al mar logró calmar la furia de caicaivilu, con lo cual las aguas retrocedieron lentamente hacia sus playas.

Todos los pueblos de la tierra guardan la memoria de un diluvio, y el lector de hoy ya habrá comprendido que ésta es la visión del diluvio mapuche.

Por lo tanto, el valeroso pueblo cantado por Ercilla en la Araucana descendía de aquellos milenarios sobrevivientes.

Y es notable que la ola invasora respondieran con los mismos legendarios recursos: su resistencia física, la protección de su naturaleza y el sacrificio de sus hijos.

Floridor Perez

LA HUENCHULA

LA HUENCHULA

Hija única de un matrimonio, que vivía en las cercanías del lago Cucao. Era una muchacha muy admirada, por todos los habitantes de la aldea vecina, por su hermosura y simpatía. Sus padres la adoraban, era ella quien realizaba todas las actividades hogareñas, ya que la madre, una famosa machi, dedicaba gran parte de su tiempo a labores propias de su profesión.

Un día, al regresar de su cotidiana faena, de conducir agua, desde el lago cercano, manifestó a su madre su desagrado por este trabajo; no por el esfuerzo que le demandaba, sino por el temor que le producía la presencia de un raro animal, con ciertas formas de lobo y de hombre, que desde las aguas la contemplaba, cada vez con mayor insistencia.

La madre, mujer acostumbrada a oír las ficciones y cuentos de sus alucinados clientes, no le dio importancia ni crédito. Pensó se trataba de las propias fantasías de la muchacha, que su viva imaginación, las hacía reflejar en el agua; le indicó, siga cumpliendo sin temor su tarea y deseche esas falsas ideas, que podrían alterar su mente. Estos argumentos no convencieron a la Huenchula y temerosa continuó sus viajes al lago, contemplando la misma visión, cuya realidad no le merecía duda y a la cual fue perdiendo temor. Una tarde, al agacharse para llenar su "chunga", en las aguas del lago, el misterioso animal alargó una mano, tomando suavemente la suya. El contacto de esta mano fuerte y suave, la sobrecogió de espanto y todo su cuerpo fue presa de un fuerte escalofrío. Esta impresión, se esfumó rápidamente, ante la mirada tierna, humilde y suplicante del raro animal y se transformó en una atracción irresistible, hacia él. Y a pesar que no hablaba, sino sólo emitía una especie de balido, comprendió claramente sus intenciones, se dejó atraer y ambos, siguiendo las aguas del lago que bajan por el río, se perdieron hasta llegar al fondo del Océano Pacífico.

En casa de la Huenchula, todo era intranquilidad, por la demora de la muchacha, siempre tan puntual en sus quehaceres. Ante esta situación, resolvió la madre salir en busca de su hija, dirigiendo sus pasos hacia las orillas del lago, pero no encontró a la niña, en cambio sus ojos espantados contemplaron, que la "chunga" en la cual la Huenchula acostumbraba conducir el agua, estaba llena de un líquido rojo idéntico a la sangre... La hechicera, regresó a su casa, inundada de llanto y contó a su esposo el lamentable resultado de su búsqueda.

Pasaron largos meses y el consuelo no llegaba a la casa materna, en la que sólo reinaba un ambiente de intensa amargura. Pero cumplido un año justo, de su misteriosa desaparición y en una tranquila noche de luna, la Huenchula, se presentó ante sus padres, que estupefactos, contemplaban su figura, sin convencerse lo que sus ojos veían; hasta que las palabras, los gestos y los brazos de su hija apretaron contra su corazón a sus queridos progenitores, que como salidos de un mal sueño, despertaron dichosos y felices. Sin entregar detalles, la Huenchula les contó que venía desde remotos lugares y les traía muchos regalos, de parte de su esposo, un poderoso rey, padre de la criatura que muy envuelta llevaba en los brazos y que depositó en una vasija de manera, una "lapa", en donde debía permanecer ajena a las miradas de todos.

En ausencia de la Huenchula y ante las miradas curiosas de los ancianos, la criatura se transformó en agua. La Huenchula, angustiada por este suceso, huyó del hogar de sus padres, llevando lo que quedaba de su hija, para reunirse con su esposo, el Millalobo, en el fondo del mar.

Fuente: www.mitologiachilota.cl

EL CABALLO MARINO (Leyenda chilena)

El Caballo Marino

Aunque muchos puntos geográficos suelen disputarse la cuna del caballo marino, la verdad es que en casi todas las tradiciones costeras existe la creencia en estos corceles que a las verdes praderas prefieren las profundidades del mar, ríos, lagos o lagunas.

En Chile, sin ir más lejos, los vecinos de la laguna del Llico están convencidos de que ella alberga uno de estos animales mitológicos que, tal como los caballos terrestres cambian de potrero, cada cierto tiempo abandona sus aguas nativas y se traslada a la laguna de Calmi, arreando consigo hasta allí una abundante pesca.

Donde quiera que haya nacido, este caballo fabuloso es hijo legítimo del mar. Y, “vivo retrato de su padre”, representa el incansable oleaje marino, siempre arrojando espuma por la boca y lanzando estruendosos relinchos. Corre a la velocidad del viento costeño y sólo se deja domar con riendas de sargazo.

Es así como habrán logrado montarlo los primeros brujos de Chiloé, que desde entonces lo usan para trasladarse de una isla a otra, ya sea para cometer sus fechorías, asistir a sus aquelarres (asambleas de brujos) o simplemente para abandonar el Caleuche en alta mar.

Según testimonio de quienes lo han visto, tiene la altura de un quincho (cerco de estacas) ¡y tan largo que sobre su lomo puede llevar cómodamente un cabildo completo!

Fuente: Mitos y Leyendas de Chile, Floridor Pérez.